domingo, 5 de junio de 2011

Like Once Heated Milk

Así me gusta: lento y con sabor a alfajor. Dulce, con polvo en la nariz. Abrazado estoy a tu boca, lento y perezoso, como luciérnaga borracha con Autan. Mi luz rebota, mi luz averiada, bombillo de bodega vieja. No quiero ver ni a Juan, ni a Francisco ni a Martín, ni a Lourdes ni a Tobías ni a Rafael. Del último he sabido poco, más que ahora sobrevive a base de jamón. Lourdes, bárbara ella, guarda el queso bajo la almohada y lo cuaja con el pelo. ¡Nunca! Así gritaba siempre cuando Rafael le pedía queso. Yo, de vez en cuando, le mando sobrecitos con queso parmesano, polvito que recuerda a anthrax, y Rafa lo abre y se lo traga y mastica pedacitos pequeños. Si usted, me dice, sigue haciendo eso, me voy a enamorar.

Se enamora uno, siempre, de la gente que nos manda queso en sobres. Hay algo en el proceso: ir al súper a comprar el botecito, comprar los sobres, meter el queso en cantidades correctas para que pase desapercibido y pase por la ranura, ponerle el sello, a la ranura, sí, luego esperar paciente, pagar el correo expreso, 24 horas: el queso con el sudor del sobre y el sabor a lengua en estampa. Bello, me dice Rafael en su última postal, bello usted con su queso y sus sobres.

Los reconozco desde mucho antes de recibir el correo. Siento el olor desde la otra cuadra, cuando el cartero viene caminando, el olor a pata chuca y salgo y mi nariz está revolviéndose así: como remolino. Entonces me dan todo el correo y lo agarro antes de que la Lola me vea.

¡Mi cuarto! Cuánto póster de película de Almodóvar. Algo de Los Simpson y un montón de libros. Ahí, encerrado y con las nalgas bien puestas en el taburete (o sillón o cama), yo me como el queso. Mi cuarto, bello lugar, apacible lago y laguna, del vaivén de sus movimientos en el adoquín o en la loza, el castillo de Segovia.

¡Salgo! La Lola me abraza, me da un beso, me siente olor a queso.

Vos siempre lo mismo. Vos siempre con el queso. Vos siempre, te digo, jamón. Que lo mastiqués y te lo tragués y te queden los hilos en la garganta, lo viejo que está. Ahí, en la parada de buses cerca del Vedado, comienza la fila para el sorbete de Copelia. Vos hacé fila para el jamón. Toda la vida fila para el jamón, ahí vas, hasta engordar y taparte las arterias.

¡Como leche una vez calentada! Y luego se queda así, en el vaso, marcada por el sopor y el peso del lácteo de dudoso destino. Te la tomás y es amarga, rancia, casi lista, casi cerca, posiblemente, futuro cercano, ojalá y primero dios,

queso.

¡Cuánto me gustan los alfajores!

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