jueves, 26 de enero de 2012

Jueves 25 de Enero de 2012

Comí chocolate; me excitó la lengua.
Me traje un cuadro de la casa de mi mamá, unas mandarinas, manejé como veinte minutos y compré leche con las palabras en la caja
escritas en francés.
Non-Sucrée.
Tiré un mono al suelo, una sábana, puse la ropa sucia en una canasta.
Compré pintura de pizarra y puse las compras del súper en el suelo,
en el suelo,
en la pared.
Me comí un chocolate entero, unas cosas saladas, unos vegetales hervidos.
Me puse a eructar y a tirarme pedos y puse el cuadro a la par de mi cama.
Hace 12 años, hace tanto.
Manejé por veinte minutos y me dio sueño, pero me bajé del carro con bolsas y mandarinas,
con el chocolate a medio comer en la mano,
con la lengua a medio excitar,
con la ropa sucia en la canasta: la música en la cabeza: los planes todos también.

domingo, 22 de enero de 2012

Rendirse

Yo siempre me he rendido.
Me he rendido en planes de vida, en trabajos (una mal-aventurada etapa en la que creí ser oenegero), me he rendido en parejas, en viajes, en la familia, en mis amigos. Me rindo, porque no vale la pena el esfuerzo para seguir. Y usualmente, una vez me rindo ya está. No hay paso atrás; soy capaz de eliminar todo rastro de lo que me conectaba con lo que he dejado. A veces esa capacidad me asusta, a veces me encanta.

Esta semana decidí rendirme en algo que muchos consideran clave: la búsqueda de pareja. Novio/novia. Amante. Alguien con quién tener sexo. Después de más de tres años soltero, me rindo. Ya basta. Así que lo dejo atrás, lo reniego y lo elimino de mis objetivos de vida.

He decidido que nunca voy a encontrar a nadie. Voy con los brazos cruzados. No recibo ni notificaciones ni impulsos ni deseos. Simplemente ya no. No me importa, porque he llegado al punto que la misma idea de compartir intimidad con alguien me pone los pelos de punta. Puede ser que el sexo sea bueno, pero luego está el "después" en el que lo querés aventar de la cama y salir corriendo. Puede ser que algunas cosas te den risa o la pasés bien; pero luego viene el apego y que te digan que te quieren y que te quieran abrazar y ver para platicar y hablar y que esperen de vos una respuesta emocional.

Me cansa. Es cansado. Así que me rindo. Pongo la bandera blanca. Me declaro vencido y perdedor, o ganador, según se vea. Es un alivio dejarlo así, de lado. Todo estará bien.

Hola, mano derecha. Bienvenida al primer día del resto de tu vida.

jueves, 19 de enero de 2012

Extrañar

En noches como estas extraño Portugal como se extraña a un amante que solo conociste por unos meses y luego dejaste. O te dejó. O tus papás te obligaron a separarte de él. O se murió, de repente. La cuestión es que lloraste. Porque Portugal, como todo en la vida, fue temporal.
No se qué es; supongo que es el lenguaje. El portugués lo hacía sentir todo más distante, puso mi sentido de insularidad en el más alto rango posible. No me podía comunicar bien, no podía entender cuando me hablaba. Era un misterio al que le iba quitando capas, al que poco a poco iba conociendo. Me quedé con muchas capas por quitar. Digamos que era una cebolla. Porque lloré bastante y me ardieron los ojos.

En Portugal solo estuve unos dos meses. Y estuve solo. La mayor parte del tiempo la pasé en el cuarto del apartamento, viendo hacia la ciudad desde la ventana. Luego caminaba y llovía. O iba al cine. Y luego me iba a escribir o me iba a emborrachar. Quizás pasé en silencio el 80 por ciento del tiempo.

Portugal me suena callado. Me imagino a la gente caminando y no hace ruido al pisar el suelo. Me imagino la lluvia y el agua golpea en silencio el pavimento, los adoquines. No hay gritos en las plazas. En las discotecas no hay música y los trenes, al pasar, son bocas cerradas.

Me dejó, el amante, mi amante, Portugal, pronunciado "purtugal" porque así lo pronuncian los portugueses, y yo lo sigo extrañando. Veo fotos de las calles y los tranvías y estoy enamorado de un recuerdo, de un cuerpo que apenas conociste pero que lo pensás gigantesco, muscular, áspero. Impenetrable.

Portugal no me amó, yo lo se. Pero yo lo amé un montón. Y ahora veo afuera de la ventana, escribo y no llueve; la ciudad es una colección de luces en los que la violencia domina y persigue. No me siento atrapado, porque he llegado a un punto en el que ya me siento cómodo aquí. Pero el que me haya casado con El Salvador, el más feo de mis novios, no significa que no pueda recordar con erotismo y deseo a mis novios pasados.

Eso pasa siempre. Y yo no soy una excepción. Nunca lo fui.

martes, 17 de enero de 2012

Condeno a la iglesia

Condeno a la iglesia. Condeno la creación de círculos de congregación que destruyen el individualismo y el pensamiento. Condeno a la iglesia porque perpetúa ideas falsas y se aprovecha de la debilidad y el pánico humano para golpear espíritus. La condeno por crear delirios de grandeza. La condeno por su opresión, su discriminación, su hipocresía.

La condeno por crear gente prejuiciosa, por promover y mantener la ignorancia.

Condeno la opulencia de sus líderes mientras promueven frugalidad y humildad entre los que los siguen. Condeno porque apagan almas y destrozan la voluntad humana, creando conformismo, desgano. Condeno la malapropiación de textos. Condeno su desprecio por el arte secular. Por limitar su apreciación, su creación, su distribución. Condeno la actitud de arrogancia, la falsa sensación de superioridad.

Condeno a la iglesia, especialmente por convertir a personas que de otra forma son inteligentes, en monigotes que se adhieren a rituales primitivos, básicos, que se olvidan de todo el progreso humano, de la evolución y la ciencia, que entregan su cerebro a ideas que no van a ningún lado y que se basan en cuentos de hadas, en alegorías gastadas, en invenciones literarias tomadas como hechos sin discusión.

Los condeno por hacerlos creer. Por golpear sus cabezas con yunques fabricados con biblias y textos sagrados. Por hundirlos hasta que no les queda más opción que ver hacia arriba. Por hacerlos suelo y abismo. Por dejarlos ahí mientras ella se va de viaje y se construye edificios dorados.

Condeno a la iglesia por la simple tontería de existir. La condeno porque creer en ella es dejar de lado toda racionalidad, todo pensamiento coherente. La condeno inútilmente; porque por más que la condene, una voz disidente jamás va a bastar para detener miles de años de abuso. Porque cuando me muera aún va a seguir viva, repartiendo ignorancia, siendo inmortal, como toda mala hierba, como vampiro con hambre de sangre, como un demonio fabricado con la misma tela que un dios, como una eternidad que es castigo, sufrimiento, condena.

domingo, 15 de enero de 2012

lunes, 9 de enero de 2012

Puedo sentir el sabor del océano en tu piel

Puedo sentir el sabor del océano en tu piel. Siento la cerveza en mi boca y el pescado en tu ombligo. Sabe a ceviche y a limón. Al diablo el estómago y su ardor. Me arden los ojos al besar los tuyos. Se nos meten las rocas de la playa y el calor de la isla, la brisa que nos hace movernos más rápido hacia arriba, hacia el volcán. Me abrazo a vos. Te veo. Has acumulado grasa para abrazarme. Te has hecho isla en masculino, atolón: rotundo, grande y protector. Me envolvés como envuelven las manos. Siento en vos extremidades y colores. Se me ocurren cosas que escribir pero no puedo, tengo las manos ocupadas y la tinta gastada. Imagino que así como estamos, juntos, podemos extendernos hacia extremos contrarios. Nuestros pies tocando la marea a un lado; nuestras manos tocando la marea del otro. Todos llenos de espuma, burbujas y arena.

Encuentro la casa con el desorden de anoche. Me fumo un cigarro viéndote dormir, roncar. Escucho cada ronquido. Puedo rastrear su origen hasta el humo que te tragaste. Las palabras que me decías con lágrimas en los ojos. Apenas puedo ver tus ojos. Los míos no me alcanzan.

Puedo sentir el sabor del océano en tu piel.

También siento el olor de las escalas, los asientos de los aviones, puedo ver en tu pelo las marcas del sol, de los atardeceres. Quiero ver el mar con vos pero vos te vas a tu cuarto. Mañana me voy, pero quiero ver el mar. El mar me dice que ya no estoy ahí. Que hace ratos me fui. No quiero entrar y verte hoy, me quiero dormir en el sillón de la sala y escaparme en la mañana, antes de mi vuelo. Quiero un barco, no un avión. Quiero escapar en silencio como escapa una mariposa de entre los árboles.

Apenas se escucha el aleteo.
Solo queda el sabor en la boca.
El sabor del mar y de la espuma y de la espuma de la cerveza.
Y no me lo quiero quitar.

Se me queda en la boca y la boca se me hace nueva, brillante, táctil: la boca se me hace tu piel.

lunes, 2 de enero de 2012

Vista y café

Este café me está dando calor. Quizás deba irme a correr por las calles. Hoy va a haber el mismo tráfico de siempre. A dormir al cuarto adonde él dormía. Yo no soy de ahí, ya no soy de ahí. Me gusta el azúcar sin azúcar. La veo y me dan ganas de abrazarla, me gusta su jardín y me acuerdo cuando de niños poníamos luces navideñas en la araucaria del jardín central. ¿Se llamará araucaria? A mi mamá siempre le da por inventarse nombres de plantas. Bastón del Emperador. Ginger. Los funerales. Pronto el 16 y otra vez la misa de aniversario. ¿Se hace misa de aniversario después de los 9 años? Me acuerdo del vaso de agua y la vela y cómo se iba evaporando. Los fantasmas tienen sed y vienen todos los días a tomar agua. Las naranjas en el suelo. Las naranjas en los naranjos y la expansión de las tierras, tan de él y nunca mías. Me baño en la piscina con camisa porque me da pena mi cuerpo y nunca lo abrazo él solo abraza a sus nietos. El carbón está terminando de calentar la sopa. Yo nunca me como los cartílagos pero ellos sí. Les gusta masticarlos y masticarlos. Son felices masticando cartílagos y puedo oír sus dientes destrozarlos y me da asco. El Centro de Antigua Guatemala. El carro que se detiene con los amigos cerca. El amigo que está tan lejos. Se ve feliz en la foto. Uno siempre se ve feliz en las fotos, ¿o no? San Salvador. Estoy aquí y él allá. Él toma café también: café en otras tazas, revuelto con otras cucharas, endulzado con otras azúcares. Yo lo endulzo con azúcar falsa. No soy diabético, como ella, pero pronto quizás lo sea. Mejor acostumbrarse antes. Correr tanto para nunca perder la panza. Fumar tanto y debilitar los pulmones. El montón de gente en el hospital y los tamales y mi papá muriéndose. No salí del hospital en 15 días. Estuve adentro esperando que mi mamá me dijera vámonos. Esperando que nos dijeran que se había despertado. El montón de máquinas y el montón de enfermeras tomando atol shuco. Cómo le daban gracias a mi mamá por convertir la sala de espera en un mercado. Llorar en sus piernas mientras ella gritaba. Mi cuñado preguntando que qué íbamos a hacer con las tierras. Mi hermano pensando que iba a tener una camioneta grande, luego una camioneta aún más grande, luego nada.

Yo me voy de viaje. Me quiero ir de viaje. Me quiero olvidar de esta vista y este café. Me quiero olvidar de la gente y de esta azúcar que no es azúcar. Pero como endulza. Tan falsa, pero tan cierta. La veo y la quiero abrazar. Ya va a ser 16. Hace 11 años o 10 que estábamos ahí. Ir en el carro hacia la casa y los sillones gordos, grandes de la funeraria. Reírme. Pensar que era pecado reírme. Ver el cadáver. Reconocerlo pero pensar que ese peinado no era cierto. Él siempre se hacía un colochito enfrente. Enojarme por eso. Las religiones duales y la tierra cayendo sobre él. Llorando solo porque ella estaba llorando. Llorando solo para que la gente vea que sufro. Luego los tamales y los rezos, las canciones y el terremoto. Juntos nos movimos hacia el jardín y pasamos por Las Colinas, esperando el aniversario.

Juntos dijimos un padre nuestro que sonó a moscas ronroneando. Juntos nos escondemos y huimos de la memoria, soterrando la historia al no pronunciarla. Bajamos la cabeza para no vernos los ojos.

Difícil discutir la tristeza, porque es la tristeza la que acaba discutiendo con uno.

domingo, 1 de enero de 2012

Goddamn your confusion!

Grito, desesperado, la canción. Me subo al escenario y tomo el micrófono, empujo al cantante, tomo la guitarra, empujo al guitarrista. La batería nace de mis manos. Escupo saliva al público y la aman. Recibo calzones y calzoncillos que luego ocupo para armar una sábana y duermo abrazado a los sudores de mis admiradores. ¡Cuánta alegría! Me encierro y escribo nuevas canciones, melodías fantásticas y que rebotan en oídos. Me hago artista, compositor, sinfonía y adagio. Poco a poco mis dientes son teclas de piano y mi pelo, cuerdas de guitarra (hechas de nylon, de cuero, de piel de gallina). Mi piel se pone tensa como cuero de timbales y mis piernas, mis piernas abren bocas de trompeta. Respiro y hago música. Hablo y hago música. Sí: soy la música. Y recibo monedas en una esquina, contento de ser lo que quiero ser.

Folsom y la Sirvienta Desobediente

Hice la limpieza en nuestra casa. Para hacerla me vestí como te gusta que me vista: con mis pantalones de mezclilla ajustados (adaptados al estilo de la Castro de los 70), con el bigote recién peinado, una camisa negra pegada a mis rollos y usando el collar de perro que compramos juntos en la Folsom, en 1999. Caminábamos entre la gente y luego vos me dijiste que yo era tu mascota y vos mi dueño. Me pusiste el collar y caminé de rodillas por todo el lugar, fuimos al Denny's y vos me lanzaste pedazos de muffins y biscuits y tostadas francesas. Me echaste miel en la lengua y café en un pequeño plato hondo que la amable mesera de Kentucky nos proveyó. Sonrió con nosotros y nos enseñó su arito en el interior de su mejilla.

Hice la limpieza con dedicación. Saqué el sucio de los baños y con un cepillo de dientes viejo quité la suciedad de los pequeños espacios entre los tragantes. Lavé los platos y vasos y tazas minuciosamente hasta que no quedaran restos de nuestra dieta. Boté botellas de vino y latas de cerveza que acumulaste en tus fiestas. Vacié los basureros de los baños llenos de condones con sangre y heces de las orgías hermosas y entretenidas que con buena hospitalidad organizás todos los segundos viernes del mes. Boté las colillas de cigarro, los pelos que se te caen de tu calva, el polvo que entró diligente por la ventana.

Dejé todo limpio y hermoso. La casa brillaba y el jardín tenía un rocío de grama recién mojada. Era artificial, porque puedo hacer todo por vos menos hacer llover.

Recorrí con orgullo, con sudor, la casa entera. Sábanas dobladas perfectamente y todos los cojines en su lugar. Me senté a esperarte.

Cuando llegaste revisaste todo. Satisfecho, me lanzaste una galletita que yo atrapé con mi boca ansiosa. Pero tu sonrisa duró poco.

Encontraste polvo debajo de la silla de la sala de invitados.

Me empezaste a gritar con tu voz ronca y desastrosa.

Sonreí y con miedo y terror te di la espalda. Me diste cien golpes con el cinturón de cuero de mi papá que yo guardo para estas ocasiones y sangré sangre roja viva y por semanas pasé soltando costras y dolores, llorando triste como la pequeña perra desobediente que soy.

Me hacés tan feliz.

Frankenstein y la memoria

Usás camisa de cerveza tailandesa, que compraste en un mercadito de algún Silom Soi. Buceaste en Roatán o en alguna isla del Caribe y te bañaste desnudo en el mediterráneo, saltando de las calles de la Barceloneta directo al agua fría, congelada del invierno. Me invitaste a una cerveza en un bar de las playas de El Salvador y nos besamos en el cuarto, a oscuras, con tu camisa tirada en el suelo, la mía todavía en mis espaldas. Me contaste de Chicago y Canadá, del volcán Fuji y la Ciudad Prohibida. Estuviste a punto de escalar el Everest pero se te acabó el dinero. Fuiste de isla en isla griega como si fueras cliché con el soundtrack de Mamma Mia! sonando en tus oídos. Te cansaste de los trenes de Europa y decidiste subirte a los buses de Guatemala, Costa Rica y Panamá. Me abrazaste con ojos de colores y yo te besé con aliento a cerveza y cigarro. Esto es estacionario. Esto es un paso. Te fuiste a Comalapa y desapareció el olor de tu piel escandinava, alemana, española.

Te mezclé de todos los hombres que he besado y armé tu pene de todos los penes que he visto. Poblé tu barba con los colores de los cabellos y vellos que han pasado por mi cara y por mi cuerpo y con los miles de músculos armé tu cuerpo y una panza cervecera sobre la que me gustaba dormir y escuchar tu gastritis y seguir tu reflujo hasta los eructos suaves que me olían a noche y sal. Quise escribir más sobre vos pero detuviste mis manos con las tuyas, con los dedos reclamados de los dedos que conocieron mis texturas y las texturas de San Francisco, el Distrito Federal y Buenos Aires.

Te borraste de repente, con brazos grandes y pelo negro, y en tu lugar quedó un espacio vacío, un plato desnudo, un año nuevo que se volvió igual que los otros, con fuegos brillantes, cascadas de cerveza y la ausencia de arrugas en la cama, en mi sofá, en mi espalda.