martes, 27 de diciembre de 2011

Hope

¿Cómo iba la biblia? ¿Cómo es el padre nuestro? Me acuerdo de las bodas y de la gente y de las repeticiones y las manos en el aire. Las manos las tengo cansadas. El catéter pesa, pesa como el agua de una tormenta adentro de una nube. Siento que me sale y rebalsa y hace un charco en el suelo, como se hace cuando vomito. Al baño. Luego camino y la enfermera me sonríe. Bonita, la enfermera, nalgona y bonita. Me ve con sus ojos pintarrajeados y yo la abrazo, quieta, como si fuera mi mamá, una de mis hermanas, una de mis tías. La abrazo y en ella encuentro huesos familiares y los senos. Quiero chupárselos pero se que no es correcto. Ella no es mi mamá, es una enfermera, a pesar de que lleva el mismo nombre y puedo sentir el corazón de un feto latir en su panza. Los pasillos. Decorados con flores. Las flores las hizo el señor y el señor me hizo esto en el cuerpo. Mi cuerpo no es el mismo. Es el mismo, pero diferente. Me cansa caminar y me siento en el pasillo a llorar. Comienzo un rosario y uso el tubo que conecta la medicina con mi cuerpo como cuentas de un rosario. Las toco y les doy vuelta y mi abuelita se me pone enfrente y me dice bicho culero. Agárrese los huevos y muérase con ganas, que ha eso ha venido aquí. En mi cuerpo y dentro de él caminan lagartijas pequeñitas y chicharras que hacen ruiditos como besos. En mis ojos los ojos de una aurora. La veo volar hacia otro cuarto y el pitido de un código rojo y todas las enfermeras corriendo.

Pronto yo.

Al Pacino, Meryl Streep y Sharon Stone. Todos muertos. Abrazo sus fantasmas y platico de sus estrellas en el paseo de la fama y sus nominaciones al Óscar. Me carcajeo.

Pronto yo.

La medicina ha hecho todo lo posible. Dejo al mundo con la carga de curarme y enterrarme. Mi cura es la cremación. Veo las paredes y dan vueltas alrededor de mí y duermo. Despierto en la cama, sudando, preocupado, la televisión nacional y un programa de entrevistas en la televisión. Un quinto lugar en Miss Universo.

Pronto yo.

¿Cómo iba la biblia? Se que iba del perdón de los pecados. Hago cuenta de los míos. Imposible perdonar tantos en tan poco tiempo. Tarareo una canción de las que cantaba en el colegio, con tanto pene joven y bonito del Santa Cecilia. En el baño los tenía en mi boca mientras los padres llamaban a formar una fila. La vez de la diarrea en toda la pared. La vez que me enseñó su pene giratorio en su ingle aquella vez en el retiro y me pusieron una rana verde en mi cara. Cuidado con la leche. Esa rana ya está muerta.

Pronto yo.

Confío en la ciencia o en la religión pero se siguen muriendo alrededor mío como dominós. Los veo caer y me empujan, mi espalda apenas resiste. Pronto yo y abrazo la almohada, que me protege como los músculos de todos los hombres que abracé.

Ellos ya. Pronto ellos.

Me tiro al suelo y suelto el catéter, que hace que empiecen los pitidos y los gritos y las enfermeras corriendo. Yo no estoy muerto, no me estoy muriendo. Mañana voy a salir, dicen, me dice con una sonrisa. El doctor ve las páginas y las pasa y me sonríe. Pronto saldrá, usted. Aquí no hay salidas. Aquí entré para no ver otra vez el tráfico de la ciudad o los redondeles remodelados o las caras de los niños de las marginales o tomar otra cerveza. El sabor de la cerveza y las hamburguesas. Las siento en mi boca y es como si estuviera comiendo mi última comida de condenado. Siento el sabor a pesar de que mi lengua está podrida.

Pronto yo.

Me dicen que me vaya. Quizás vaya a una iglesia. Me hinque y me arrastre hasta el altar goteando sangre y sudor. Así se regresa, ¿o no? Así se regresa o adentro de una ballena o en una fosa con unos leones. Así decía la biblia. Así lo aprendí de pequeño.

Aprendí las oraciones y las canciones y las peticiones y aprendí que todos venimos aquí a morir, como me dice mi abuela, a mi oído. Aprendí un montón de cosas y las recito en mi mente aunque mi mente está acabándose. No encuentro las tildes en las palabras, que se me hacen errores e innecesarias. Dejo de hablar. Aprendí que primero viene el silencio, luego un par de luces y luego la explosión del corazón. Aprendí un montón de cosas de pequeño, la suciedad y las bacterias y los antibióticos. Aprendí que todos venimos a esto, aprendí que pronto ellos, pronto las enfermeras, pronto los doctores y los políticos y los niños sonrientes y pronto los cantantes y pronto también, las lagartijas y pronto las auroras.

Aprendí que pronto yo. Y estoy contento. Estoy sonriendo y quiero que pronto yo pero pronto con una sonrisa. Me dicen que me vaya pero yo no se adónde ir. Salgo a la calle y la veo llena de gente que pronto ellos. Para qué seguir caminando. Me quedo dormido, tirado en la acera, solo esperando.

"Pronto él", pasa diciendo un montón de gente. Y tienen razón.

Pronto yo.

jueves, 22 de diciembre de 2011

Un día hermoso en Letonia: Alanis siempre tuvo la razón

Alanis me cantó sobre Letonia. Nos reunimos en el jardín de la casa de mi mamá, debajo del plátano y con los violines del CENAR al fondo. Ella se inventaba letras, yo compraba boletos aéreos. Letonia, me dijo, Letonia es hermoso: un país con árboles de veinte metros y jovencitas de cinco, que se inclinan hacia vos y te dan besos en la frente. Son gigantes y algunas son pequeñas, que tienen que poner escaleras para saludarte en la mejilla y darte un beso y prostituirse por tus monedas de euro. Me abrazó Alanis y se fue a la cocina a prepararse un café, los dos cantamos un par de sus canciones y pusimos un concierto en la computadora, pasamos viendo vídeos de gatos, de perros, de gente caminando en las calles de Riga.

Estuve ahí con Joni, me dijo, las dos juntas con flores en nuestros pelos. Cantamos en las esquinas por unas monedas y luego bebimos vino blanco, con frío, con orejeras, masticando una salchicha y evitando a los de la mafia, a los del bar de la esquina. Te encantaría Joni, me dijo, te encantaría su voz suave, que es más suave rebotando en las piedras del centro de Letonia, frente al río, a unos pasos, a unos cuantos pasos del Báltico.

Mi mamá gritó que si queríamos comer algo, le dije: Alanis, querés comer y me dijo que sí; comimos frutos de la estación y frijoles hervidos en cucharonas gigantes con queso de San Vicente y Alanis con su lapicero negro escribió un poema en mi cara y mi mamá se carcajeó con dientes ajenos y la hamaca se movió con el viento, con un propósito, con un aviso.

"Nos dice que Letonia te está esperando, un día hermoso en Letonia".

Me volteé a mi mamá y le dije: Alanis siempre tuvo la razón cuando hace frío.

martes, 20 de diciembre de 2011

Y te quiero, ves


Te quiero, ves, como la cara de los de ABBA, hinchada y sueca, te quiero con tijeras en la mano y cosiéndome un vestido, con un jarabe para tos regado por todo mi pecho y que vos lo chupás, te lo tragás, para curarte, porque quiero que sobrevivás porque te quiero. Te quiero en falda y en pantalón, te quiero con pelo en tu monte de venus y sin pelo en tu monte de venus, con el bigote ancho y con las cejas de circo, con los ojos con cataratas y la saliva como río sobre mis pezones. Te quiero abrazada, doblada en la cama, con la almohada especial que te detiene el cuello. Te quiero con la vagina fértil, con el útero espacioso, con las manos suaves que me tocan las rodillas y luego las piernas y luego la boca y tienen el olor de mi piel, tus manos, porque las quiero. Te quiero sin manos, también, te quisiera también en silla de ruedas o crucificada, te subiera una esponja mojada en vinagre, para que tomaras, para que no tuvieras sed porque te quiero, te quiero en el jardín, en la sala y en la cocina, como aquella vez que me cocinaste huevos y te mordí la lengua, como aquella vez que me hiciste tortas de cebolla y te mordí el dedo gordo del pie, como aquella vez que me serviste cereal con leche y te di un beso en el omóplato.

Te quiero, abrazada y tonta, inteligente y borracha, sobria y manejando mi carro cuando yo me desmayé. Te quiero cuando el abrazo se vuelve molestia y te quiero tirar por un lado y seguir cantando una canción que solo me gusta a mí y no te gusta a vos. Te quiero de la manera más honesta posible y por eso te miento tanto, por eso te miento tanto, por eso me gusta ABBA, porque te quiero y te sigo imaginando: virgen, honesta, de blanco, de boda y piernas abiertas, bastones del emperador en el pasillo y nuestras familias a cada lado, sonrientes, mentirosas, herencias para cada uno, dios enfrente esperando pervertido, impaciente para poder ver enterito y en vivo cuando estemos cogiendo.

¡Sí acepto, sí acepto, sí acepto!

sábado, 17 de diciembre de 2011

Desde aquí el plátano Diana

Desde aquí mi oreja parece plátano Diana. Desde aquí el sonido de los besos en su mejilla. Desde aquí el silencio entre los dos cuartos, el espacio y el jardín y la mochila del invitado. Desde aquí la terraza con las ratas y la música de los muchachos del CENAR. Desde aquí se oye que están aprendiendo. Desde aquí los carros de los vecinos y el orín en el baño porque no hay que desperdiciar agua, voy 10 veces a mear en la noche y echar el agua una vez en la mañana. Desde aquí el sonido del agua cayendo en espiral hacia las tuberías. Desde aquí, nosotros, sentados viendo novelas, a la Verónica Castro tan joven, pronto Chica Almodóvar, ah de veras. Desde aquí la extensión a mi teléfono con la corriente y cuánto sube la luz, desde aquí las cuentas de banco aminorando tamaño, desde aquí no hay trabajo, desde aquí la música suena suave.

Desde aquí, nosotros, como plátanos Diana, salados y gordos, aplastados en los sillones. Hay frijoles para el desayuno, el almuerzo y la cena. Desde aquí se riega el jardín con la saliva de nuestras conversaciones y evitamos decir buenas noches porque desde aquí se siente el olor de nuestras bocas.

Desde aquí, el café instantáneo, el posible homicidio o asalto. Juro que oigo unos pasos en el techo en la terraza o en el jardín de enfrente.

Desde aquí.

jueves, 15 de diciembre de 2011

Hace falta una flor

Hace falta: 
El paso lento del viaje
El inglés del turista
La cerveza en el almuerzo
La sonrisa del desconocido
La ruta eterna
La viejita en el asiento
La noche larga
El día corto
Hace falta el souvenir para la amiga
O el brindis en portugués 
Hacen falta las mañanas con café y las tardes con cigarro
Hace falta el desvío de los planes, la visita que no esperan
Hace falta una calle ancha y una calle pequeña
Hace falta la cámara en mano
El mirador y la libreta
Hace falta andar escribiendo 
Como si fuera trabajo
Hace falta el vodka 
O los hombres coqueteando
La cerveza y la gran cuenta
Un israelita en tus labios
Hace falta el río, la paz o los aires
Los puertos del gallo, 
Las zarzuelas 
Hacen falta las tribus,
Los puentes, 
Las olas, 
Los mares

Hace falta:
La sensación de moverse
De que uno va girando con el mundo
Siempre, siempre,
Un pie adelante del otro,
Con los pies cansados, 
La mirada siempre nueva. 

domingo, 27 de noviembre de 2011

Pobre País

Pobre País, te están matando. Te secuestran y degollan y desaparecen y buscan. Te vigilan con escopetas en elevadores estrechos. Te cultivan y queman y cultivan y queman hasta que encuentran suficiente espacio para enterrarte bajo la tierra cubierta de papas podridas. Pobre País, te están persiguiendo. Te hablan en gritos y amenazas y hasta aquí llegaste, Pobre País. Comenzaste a morir el año de tu fundación. Debiste anexarte, pero te rodean pobres países peores que vos. Te sangran Santa Ana o San Vicente y caen de vos cadáveres desfigurados, irreconocibles, te roban los dientes de oro, las prótesis y el pelo. Te lo arrancan, te quedás calvo, desierto. Pobre País. Hace ratos que debiste haber muerto. Pero seguís despierto, sangrando historia, noticias breves y colapsos nerviosos, terremotos y huracanes colmados de balas y borracheras. Te morís de cirrosis o de disparo o de navaja o de indiferencia. Te llaman por tu nombre que da risa cuando se pronuncia. Nadie te va a salvar, Pobre País. Porque los que te están matando son tuyos, se comen tu comida, se tragan tu agua, que luego cagan en diarreas y se limpian con hojas de tus jardines. Todo vos estás lleno de mierda. Respirás, tragás, vomitás. En vos el virus y la bacteria. En vos la bilis, el ácido y el bazo. Pobre País, estás perdido. Tu rostro es moreno y con barba que raspa la boca de los que te besan. Jodés la vida. La vida te jode. Y eventualmente te ponés en silencio, solo suena el mar y la montaña y el eclipse, y te das cuenta de que el mundo está mejor sin vos. Y pensás en el suicidio o el abandono, en la auto destrucción en párrafos imaginados por escritores ociosos. Pobre País, nadie te envidia y nadie te quiere. Los ahuyentaste con tu mal aliento, tu halitosis histérica. A veces me dan ganas de consolarte pero me acerco y tus poros se inflan con miedo y amenaza.

Pobre País, sos más pobre que todos los pobres países del mundo. Porque además de ser pobre, sos miserable.

jueves, 24 de noviembre de 2011

Wood / Querido Rostam

Es el destello de un sol en tus ojos, es lo imposible de ver a través de la luz encendida. Es el olor a tierra mojada de la grama recién regada, es lo dulce de las galletas que recojo de tu lengua dormida. Me como la tierra de un hormiguero, mastico el vidrio de la ventana para respirar el viento. Es el cordón umbilical de un bebé con los ojos azules, son los ojos azules de la señora que te vende el pan. Es la misma historia de siempre: la de dos ojos que sonríen más que los labios, el sonido de la canción con cuerdas de violín con sabor a boniato y yuca frita. Me como tus palabras, y en los dientes se me quedan atrapados trozos de tu lengua, en el pelo un montón de canas comienzan a nacer como el musgo en el tronco de los árboles. El tiempo pasa, la gente pasa, camina sobre mí, el asiento se dobla hacia adelante y la presión nos tiene en una montaña rusa en el asfalto de la pista. Dibujo con las manos en el aire el montón de ciudades, el paseo Escalón lleno de edificios y la gente caminando después de las fiestas hacia los puestos de taco, de pollo frito, de pupusas con el queso quemado. Es el olor al aceite. Son los pasos de borrachos que se tropiezan en los adoquines recién colocados en las aceras. Veo hacia los lados y ahí están durmiendo todos los aviones: los motores encendidos como si fueran lenguas de perros expuestas al sol, día de calor. Comienza el movimiento y es la velocidad, es el corazón acelerado, es tu voz que se me pega a las orejas con la dulzura de la melcocha, la suavidad del algodón.

Finalmente despego, esperanzado, el Pacífico bajo mis pies y sobre mi cabeza un cielo grande, espeso, hecho de madera.

miércoles, 23 de noviembre de 2011

martes, 22 de noviembre de 2011

The vodka espresso night of discovery

Juntos, borrachos, ves, tomando vodka, la botella y la cerveza, la ventana en La Ventana y el patio con los árboles que botan guayabas en temporada, pidiendo ensalada de jícama a la mesera a pesar de que no hay, ya le dije, o deme uno de esos panes con frijoles y tomate o deme algo, deme algo suave, con queso, aunque la cocina ya cerró y terminamos en el McDonald's, hablando de Rihanna y su nuevo disco, de la ABC y de la Femenina, de la diferencia filosófica entre las agencias salvadoreñas de publicidad, de la cuenta de la tarjeta de crédito y del nuevo bowl de ensalada que te compraste cuando un señor argentino te intentó ligar enfrente de tu mamá y se te cayó la cara al suelo y luego tu mamá te pregunto que qué quería y vos no le pudiste explicar, porque cómo le explicás a tu mamá lo que significa el cruising. Hablamos de tu viaje el otro mes y que te vas por tanto tiempo y me besás con lengua y la niña de las flores insiste y vos te reís, te acordás de aquella vez que la golpeaste en la rodilla y ella te dio un vergazo en la espalda con los ramos y los pétalos salieron volando y la eme amarilla encendida y

vos le diste 10 dólares
salimos manejando por rutas que evitaban retenes y saltaste sapos y culebreaste por las calles y llegaste a la Avenida Manuel Enrique Araujo y cruzaste a la izquierda aunque no se podía y dijiste: bajémonos en el Salvador del Mundo a tomarnos fotos para Facebook a topar y que nos vea la gente y nos tomamos fotos con los teléfonos y salimos besándonos con el Cristo al fondo el Cristo señalando hacia el cielo y qué bonita dejaron la plaza y cómo estamos colaborando con el turismo, viste, promoviendo los lugares lindos de la capital y que esta capital

tiene tan pocos
¿y si vamos al centro? ¿a besarnos? ¿en las gradas de la catedral? ¿en la Plaza Libertad?

Estás loco, decís y subís las fotos al siguiente día y:

le gusta a la que trabajó con vos en la agencia, le gusta a tu hermana, a tu sobrina, a la loca que te habla siempre en la disca, a la loca que te diste en San Francisco, a tus ex-compañeros de la universidad, pero claro, no le gusta ni a la mormona ni a la cristiana ni a la católica y tampoco a tu mamá,

que para qué la tenés en Facebook,
es que yo la quiero, pero sí, no creo que le guste la foto y al rato te habla llorando que toda la gente está diciendo que qué putas es esa foto de vos besándote con un hombre frente al Salvador del Mundo y vos le decís mamá es promoción turística y colgás como si no te importara pero después te ponés a llorar y ves la ventana y te acordás de las pláticas en La Ventana y te dan ganas de McDonald's, de papas fritas, de jícama y de cerveza, de darle una gran vergueada a la niña de las rosas, bicha puta que no deja de joder.

Te encuentro

Te encuentro en la taza, en la canción y en el recibo con tu firma de la tarjeta de crédito, con la imitación de tu DUI, te encuentro en la lámpara y en la voz de Patti Smith. Me cuesta mucho identificarte pero se que existís, en algún lado. El que me va a quitar la almohada en la noche y el que me va a acompañar en mis canciones. El que va a comer semillas conmigo, compartir lentes de sol, pantalones y camisetas. Se que estás por ahí y ya te tardaste, como diría una actriz tonta en una serie tonta. Nos hemos estado esperando, vos lo sabés, vos sentís el mismo temblor que yo siento y vos ves la misma ciudad que yo veo y pensás: ahí debe de estar. Estoy escribiendo, terco y tercero, como banda que no renuncia, como político en segundo término, y te espero desnudo. Me quedo dormido hasta la tarde y cuando el sol me golpea en la cama se que está tratando de despertarme, que vaya al supermercado, o a la gasolinera, que me estás despertando entre el pasillo de los enlatados o en la bomba de la gasolina regular.

No se; yo sigo; yo salgo. Y en el desconocido que sos, en lo extraño que parecés todavía está todo lo familiar, la posible familia, las noches con eructos y la muerte eventual.

La historia de toda la vida. La de todos.

miércoles, 9 de noviembre de 2011

Último

Me despido con un lapicero negro y un montón de palabras.
Si solo te digo adiós es porque es lo último y lo único que puedo pronunciar.
Lo demás dejémoslo a las libretas, a las hojas en blanco.
Lo demás se me queda atascado como en tráfico de gran ciudad,
como en fila de baño público.
Me duele no poder ser de esos que da grandes discursos.
Los discursos solo los puedo dar escritos, en forma de alfabeto.

No hay espacio para nada más.
No hay aire en la garganta.

Me despido con el contacto físico o con una mirada,
con los mocos cayendo arriba de mis labios.

Podría comérmelos y sentir el sabor de este momento.

Yo no hay más desde aquí
solo la distancia,
solo lo imposible,
solo la terquedad de los planes.

Nada nos va a salir bien.
Lo único que nos queda ya es esta despedida.
Hagámosla bien.
Como si fuera la última vez que le decís adiós a alguien.
Pronuncia esas dos sílabas con intensidad.
Tu tren,
tu avión,
tu autobus ya se va.

Estas son las últimas palabras que vas a escuchar de mi boca.

A todo lo demás le va a faltar el olor,
el sabor, la temperatura de este momento.

Todo lo demás va a ser plano como el papel: inconexo como los párrafos: incompleto como las letras.

Penúltimo

Solo las nubes estaban en las ventanas del bote cuando regresábamos a Copacabana. Las cosas en los viajes duran poco, me dijiste, con una gran sonrisa. Tenías razón. Aquí tan arriba todo pasa más de prisa. Nos bajamos y tomamos un par de fotos del lago. Luego arriba y otra vez ver pasar todo a velocidad acelerada. Lo de nosotros ya no era un simulacro, de verdad estaba pasando.

-Mañana me voy a Perú y vos a Argentina. Van a pasar meses hasta que nos volvamos a ver.

Mi primer impulso fue cogerte ahí mismo frente a toda esa gente. Sin lubricante. Mi erección estaba debajo de mi mochila y una de mis manos estaba en tus pies. Creías que todo pasaba por una razón. Que el encontrarnos en esa isla en el medio de la nada (solo dos burros, vos y yo) era una señal. Una señal de qué, todavía no sabías. Decías que lo ibas a saber una vez el bote tocara puerto.

Quisiste detenerlo. Quisiste que se detuviera ahí, en medio del lago, y aguantar la tormenta y luego hundirnos. Alternativa similar a regresar a tu casa.

Te tranquilicé con una canción que sabía que te gustaría. Te puse los audífonos a volumen bajo y te vi tararear. Cerré mis ojos y comencé a dormir, y el bote todavía tenía un rato para llegar. Al estar ahí buscaríamos un lugar barato para dormir, con dos camas para disimular.

Probablemente nos daría pena y cogeríamos en el suelo, por el ruido. El desayuno sería un café y las galletas que compramos ayer. Nos despediríamos en la calle, a tiempo para tu bus.

Me despertó el olor de la playa de Copacabana, a heces y gente. La canción en mis oídos.

-Llegamos.

En mi boca un bostezo y en la tuya una sonrisa de despedida.

Los textos del lago (Antepenúltimo)

No hay tiempo para fotografías. No hay espacio para nuestras caras.
Mirá hacia abajo y memorizá el lago. Es todo lo que te queda.
Pronto vas a estar de vuelta.
Pronto en tu cama si nada que ver. El lago más cercano está lleno de llantas y muertos.

No hay tiempo para escribir postales.
No hay tiempo para contratar guías.
Seguí el olfato de tu nariz hacia el olor de la caca y el meado de los burros y las llamas y las ovejas.
Pronto eso te lleva a la cima y la cima al camino y el camino al pueblo y el pueblo a las escaleras
y las escaleras al puerto
y el puerto al bote
y el bote a rebotar en el lago
y el lago a la ciudad
y la ciudad al autobús y pronto,
el autobús lejos de aquí.

No hay tiempo para escribir.
Espero recordés lo que querés decir.
El lago va a estar aquí para siempre pero vos no.

Llevate en tu mente todo lo que podás. Es lo único que te queda, la única posibilidad.

Estos lugares están demasiado lejos para ser tuyos.

Vos ya tenés algo que te pertenece. Y cada segundo te acercás más a él.

No hay tiempo para detenerse.
El único camino es seguir caminando.
Decile adiós a lo que nunca vas a volver a ver.

TODO esto hace ratos se despidió de vos.

Divina Bolivia

Cuánta casa sin terminar. Cuánta cosa sin terminar. "Aquí en Bolivia tienen la costumbre de dejar las cosas a medias". O se les acaba el dinero o se les acaban las ganas.

Bolivia, Divina Bolivia, a tu boca le faltan dientes, a tus bombillos luz, a tus piernas les faltan dedos, a tus pulmones les falta oxígeno.

Claramente no estás pensando con claridad.

Sos el país del incompleto.

Estás a medias, como proyecto, pero la gente está huyendo. O sos demasiada alta o sos demasiado baja, demasiado frío o demasiado calor. Tus extremos lo dejan a uno tibio.

Te veo y veo el conflicto. Te dan ganas de separarte pero te distraés con amenazas o cerveza. Te da por protestar pero las palabras se te traban porque ya se te acabó el aire.

A un país como vos hay que conocerlo para juzgarlo. Y te juzgo. Porque te parecés un montón a mí.

Lleno de ideas, pero sin energías para terminarlas. Adicto empedernido, inconforme conforme. Hay muchos como nosotros, Bolivia, y el mundo se deshace de ellos como de un estornudo.

A tus caminos les faltan piedras. A tus banderas le sobran colores. A tu música instrumentos.

Tomemos juntos, Bolivia, Divina Bolivia, y olvidémonos de los que nos falta, de lo que nos sobra. Caigámonos juntos al mediodía en las aceras de tus ciudades empinadas y ronquemos con dificultad con nuestras narices atascadas con mocos y hojas de coca.

Nos hace falta mucho, Bolivia, Divina Bolivia, pero lo bueno es que seguimos. Por ahora este reino del incompleto bastará. Por el momento no necesitamos lujo ni camas ni baños ni papel higiénico. Nos limpiamos con nuestras manos y olemos nuestras manos y nuestras manos huelen a alma antigua y destrozada. De nuestra tierra o seca o húmeda vamos a sacar lo que necesitamos. Eso ajustará por el momento. Ese poco es bastante para nosotros.

Tu pasaporte

Aclaremos algo. Qué significa tu boca sobre la mía. Porque sinceramente ya llevo más de 10 años de sexo en sexo sin lograr nada.
Esto de coger con uno y con otro perdió la gracia hace ratos.

Así que delineame tu plan de acción. Lo que querés conmigo. Nos conocimos borrachos, ya se, es la culpa del vicio. Pero el alcohol te da claridad de acción y pensamiento.

Así que pongámonos borrachos, y digamos la verdad.

No me siento nada seguro. Quiero la estabilidad de la incertidumbre. Quiero sentir que me falta oxígeno. Quiero estar en una situación en la que mis clásicas historias no funcionen. Quiero cocinar desnudo con vos. Acabarme la botella de vino y dormirme en tus pies. Quiero conocer tus olores y malolores. Memorizar el camino que de tu espalda lleva al espacio calvo de tu cabeza.

Quiero los sellos de tu pasaporte. Es más, quiero tu pasaporte. Lo guardo bajo llave para que no te vayás, y si te vas, que te vayás conmigo.

Quiero el calendario de tus días y tus años. Quiero sincronizar nuestros gustos musicales. Quiero que bailemos canciones que nadie baila, en ropa de ayer, porque nos hemos quedado atascados.

Así que decime. Deletreame las cosas. No hay aviones ni barcos ni autobuses que te alejen de aquí.

Te tengo enfrente y vos me tenés enfrente a mí.

¿Qué vas a hacer?

Guía

Hoy es un buen día para caminar.
El sol brilla fuerte y las tiendas en el camino están abiertas.
Te encontrás con personas que te cuentan historias de sus perros y sus gallinas.
No hay forma de callarles la boca una vez soltaron la lengua.
Un educado, "bueno, es mejor que sigamos" va a ser suficiente para que se callen.
Luego seguir tranquilos hasta encontrar al otro granjero, a la otra lavandera.
Pero siempre seguirá lo mismo. Las mismas palabras para que se callen.

Estas calles son muy tranquilas. Sigan las rutas señaladas y así, fácil, van a llegar a Santa Ana.
Allá pregunten por la Posada del Turista. Solo hay una. No se van a perder.
Está a dos cuadras de la catedral.

Van a despertar con el olor a café de las faldas del volcán y con el pan horneado en la casa de a la par.

Caminatas en los alrededores serán posibles y tomarán fotografías a las vacas, a las cabras y van a almorzar o cusuco o sopa de gallina o pelibuey.

El Salvador les ofrece tanto. Tranquilidad y amabilidad.

Dígale a sus amigos. Por lo pronto, buen viaje. Y como decimos aquí, que Dios me los bendiga.

Discurso

Hemos comenzado ya la revelación de los secretos. Hemos ya dicho los pasos que seguirá el mundo hasta que llegue el día. Hemos entregado ya calendarios con fechas señaladas. ¿Ha usted completado sus oraciones, sus mensajes? ¿Ha usted definido sus ángeles, sus guías? En la página 47 de su folleto encontrará detalles pertinentes.
Hemos repartido ya los vestidos y las camisas que debemos usar. Hemos ya establecido reglas de comportamiento para los últimos días.

¡Cuándo día hermoso tendremos!

El sol brillante se alternará con nubes que cubrirán el cielo con un gruis dramático, propio para estos procedimientos.

Él, como nosotros, tiene todo preparado.

Sus ángeles han iniciado ya papeleos, formularios. Todo será ordenado y metódico. Con lapiceros llenos de tinta de la verdad tendremos que responder todas las preguntas.

Hemos ya, la mayoría, terminado los cursos de preparación para esta difícil tarea. Hemos ya por meses practicado discursos y palabras pertinentes. Estos no son momentos para fallar.

Esta es la gran prueba de nuestras vidas. Nuestras almas cuentan con nosotros.

Hemos ya comenzado los pasos necesarios, aquellos que se apeguen a los planes de pago, fechas de entregas de bienes y tengan sus formularios completos no tendrán ningún problema.

En los planes de Dios no hay espacio para los errores.

Hemos ya establecido esas y muchas otras verdades.

Hemos de trascender juntos. Solo es cuestión de tiempo. Ustedes tienen sus calendarios, los tiempos de Dios son exactos e inequívocos.

Hemos nosotros de estar listos para este reto. Tenemos todo lo necesario.

Dios no permitirá que nos equivoquemos.

Los textos del lago

(xii)

Sí, ahora lo entiendo. Todo fue un truco para traerme a este momento, en este lugar, con este sol.
Un niño llora a gritos. Yo no puedo evitarlo. Me pongo a llorar también. A ese niño lo han traído aquí. A mí también. Me trajeron autobuses, barcos, guías que esperan propinas en dólares.

Su llanto y el mío son llantos parecidos. Son llantos que vienen del capricho. Si pudiera, yo también gritara. Pero soy adulto y tengo que llorar en silencio, como para que nadie se de cuenta.

En mi llanto se acumulan los llantos del nacimiento, de los primeros golpes, de los funerales de los abuelos, de los del papá, de los de las tareas hasta la madrugada, los de las fiebres y las neumonías, los de la duda y el viaje, los de las despedidas y bienvenidas, los que ocurren sin razón, sin motivo claro y mejor ni buscarlos.

Solo seguís llorando, al unísono pero más silencioso que el niño, mocoseando, limpiándote con la manga de tu suéter y esperando a que este niño nunca de llorar, porque vos ya le empezaste a agarrar el gusto, vos ya estás aprendiendo a llorar.

Lago vacío

El lago está tranquilo, oscuro, hace unas horas el sol rebotaba de él como fuegos artificiales.
Imagino que así empiezan un montón de historias de terror, puntuadas por los ladridos de un par de perros y los pasos cacófonos de los burros siendo guiados de nuevo a los establos por sus dueños.

La gente de esta isla está quemada por el sol. Se mueven con desteridad, descalzos y ambiciosos por las piedras de los caminos.

Jamás se deslizan pero yo sí.

El fuego del caldo de quinua los mantiene calientes. Sus cuerpos están endurecidos por el frío, su piel tiene la textura del cuero, el sabor de la trucha.

Están tan cerca del cielo que poco les importa si algún día lo conocen.

Bañados de misticismo, pero cansados de los extranjeros que vienen a querer capturar en unos días lo que a ellos les costó años. No se trata de contratar un tour y conocer de frente a la Pachamama.

Están cansados, casados, asoleados siempre en su idioma. De sus bocas salen discursos memorizados, falsas memorias y leyendas mercadeables para los turistas que se empapan de bloqueador solar e insultan su idioma con intentos vergonzosos.

Dan ganas de salir corriendo. De abandonar la isla para siempre y dejársela a ellos. Que construyan su parque temático, con pizzerías, botes programados y rótulos en inglés.

Su idioma y su herencia no merecen esto. El lago se contaminó. El lago se convirtió en deshonra y artificialidad.

Lo sagrado ahora es comercial.

Por eso hoy la noche está oscura y silenciosa.

A estas tierras, a esta profundidad, ya no le queda nada que decir. La Pachamama salió del agua. Caminó sobre ella y llegó al mar.

El lago está vacío.

La libreta con Restoration

Estaba sentado al lado del colegio. Una vez más llegaban tarde a traerlo.

-Mamá, voy a salir temprano.

Ajá, le dijo, oyéndolo y no oyéndolo, más pendiente del agua hirviendo que de él.

Sentado así, se ponía a pensar. Y como a esa edad los pensamientos son sueños, se le hacía borrosa la mente y en su mente era:

cantante y actor,
productor de televisión,
ganador de premios de la Academia
organizador de eventos culturales
escritor consumado
dibujaba en sus cuadernos las portadas de sus álbumes, de sus libros,
bosquejaba su biografía de Wikipedia y su obituario.

En estas tardes con vientos de noviembre, casi al final de las clases, llenaba las libretas y le sonreía a las letras que quizás eran tontas pero eran suyas.

Un día en una trabazón uno de sus hermanos encontró la libreta y le hizo burla todo el camino.

Llorando, llegó a la casa y la guardó debajo de la almohada.

-Mamá, se acuerda de aquella libreta que yo andaba siempre...
-Sí, me acuerdo, le responde, sin oírlo y oyéndolo, más pendiente del concurso que de él.

Intenta, pero no puede, recordar las primeras palabras de su obituario.

El Alto y El Alto

En Opico también tenemos un lugar al que le decimos El Alto. Hay una cancha de fútbol y una escuela cristiana, la casa de la Ña Olivia (que es cocinera en la capital) y la casa de aquella señora que explotó por gorda.

Era tan gorda, mamá, que explotó.

Explotó por dentro y de las orejas le rebalsó grasa y bilis.

Los niños agarraron sus intestinos (repartidos en el jardín) y con ellos hicieron salta cuerdas para jugar un rato. En la cara les rebotaba sangre y se morían de la risa.

No me caían bien los niños de mi pueblo. A todos los ahorcaría con los intestinos sangrados de la vieja que explotó.

A algunos los ahogaría en un barranco. A otros los torturaría con golpes en la cabeza con una pelota de fútbol. A los demás los amarraría bajo el sol al lado de un naranjo.

Los vería morir, feliz.

Aquí parece que todos los niños son iguales. Más o menos como los personajes de Los Cachorros.

Y usted, veo, paciencia no tiene, se le acabó hace rato, cuando naciste la vida ya se iba.

June Hymn

Aquí te dejo unas palabras para que las leás todas las mañanas.
Imaginá que escribo sobre tu pecho.
Que vuelvo a contar nuestra historia alrededor de tu ombligo.
La vez que nos abrazamos fuerte en el Liffey.
La vez que aún y con flema sentiste el sabor de mi saliva.
La vez que el calor no nos dejó dormir en mi habitación alquilada.

Me muevo a tu espalda y hay tanto espacio, se confunden las palabras y comienzo a repetirme.

La vez que nos abrazamos frente al Lempa.
La vez que hasta con diarrea me limpiaste.
La vez que el frío no nos dejó dormir en mi habitación alquilada.

Hay tanto que contar y se me acaban el tiempo y el espacio. Por lo pronto te dejo esto. Luego, tal vez encuentre el momento de escribirte una carta, una postal.

Por ahora esto (y lo que vas a pelear por leer en el espejo) es suficiente.

Más que suficiente.

Los textos del lago (x)

Es hora de la decisión final. De esto depende todo. Abrí la boca y pronunciá palabra. Ya es necesario que el hielo se rompa y el avión despegue o el tren parta o el barco zarpe o el escritor escriba.

Hace bastante que comenzaron las deliberaciones. Parece que el tiempo pasa más rápido con la presión en la espalda.

No hay tiempo para masajes ni caricias.

No hay tiempo para consultas.

En 10 segundos sucederá todo y puede o no salir bien.

Apuesto que ya te están temblando las piernas. Estoy seguro de que ya no podés ni escribir.

(xi)

Si es que ya le he dicho que la espalda me duele de tanto agacharme a besarle los pies. Ya le he dicho que se los comience a lavar bien.

Que esta es la última vez que le mastico los callos o le huelo las heridas entre los dedos.

Me he acostumbrado a ese olor. Ahora parece gustarme.

Pero quiero poder volver a besarle los labios. A él no le gusta el olor de mi boca después de sus pies.

Así que me toca amontonarme a su talón de Aquiles y que la fetidez de su planta se me meta profunda en la nariz. El único líquido disponible para mí es el que sale de sus burbujas infectadas. Cómo me gustaría probar de nuevo su saliva con halitosis.

Pero estoy castigada, esto es lo que merezco, no tengo remedio.

Mi espalda se me irá doblando hasta que lo único que mis ojos conozcan sean sus pies.

Y eso estará bien. Eso estará muy bien.

En el pecho

Me crié con las palabras de mi mamá y los silencios de mi papá.
Un montón de hombres me enseñaron a escribir.
A calcar, a dibujar y a bailar.
Me hicieron coreografías que yo seguía con dificultad. Me obligaron a una ortografía impecable.

Todos esos hombres decían ser mi familia.
Tíos, primos, primos en segundo y tercer grado.
De sus voces aprendí a moldear la mía.
Con sus palabras aprendí a escribir mi nombre.

Todos, menos uno, eran los hombres de mi vida.
Ese decidió morirse antes de que mi boca se abriera o mis manos apretaran con fuerza las tetas de las mujeres.

Él decidió enterrarse como una avestruz entierra su cabeza.

No se si fue por vergüenza.
Pero así fue.

Tengo un montón de un montón de hombres metidos en el cuerpo.

De mi papá solo el pene y las gotas de semen que rebotan y se enduran y encostran en los pelos de mi pecho.

El lago

El lago cambia de color según el cielo. No se si el lago tiene color propio. Desde aquí escucho el bote moverse con mis manos. Puedo saborear el agua con mis orejas, que se llenan de papilas gustativas que se inflan con el frío que se excitan con el sabor. Que se acomodan para percibir el sabor del sonido del agua.

Puedo tocar el ruido de las olas. De estas olas tan altas y que están tan lejos. Al abrazar el sol en esta isla se me enreda la lengua al cantar canciones bíblicas.

Le pongo música a Lamentaciones.
Le hago una sinfonía al Génesis.
Y vuelvo a golpear mi pecho como lo hacía cuando estaba pequeño, pío y pequeño.

Lago poderoso me ha convertido en creyente. Lago poderoso que me encierra y me ata con una camisa de fuerzas tejida con montañas y estrellas.

Para siempre reinaré en el reino del absurdo, gracias al lago y a la palabra sabia de Nuestro Señor Jesucristo.

Comenzaré a escribir en idiomas que desconozco. Lenguas muertas y raras que voy a sacar del fondo del lago y voy a untar con el lodo que arrastra la marea.

Mis vestidos

Mis vestidos los voy a construir de hojas en blanco y quiero que cien escritores nóveles narren sobre mí un montón de historias de fronteras, de manteles, de sexo y de café.
Voy a caminar por la ciudad y voy a dejar que la gente me lea, en el bus me van a levantar las capas de mi falda hasta llegar al final emocionante en el centro de mi fustán.
Me voy a echar en las bancas de los parques y ahí los niños distraídos van a aprender a leer.

Mi armario, una enciclopedia, y para los analfabetos vamos a contratar a lectores que van a dramatizar las historias en las tiendas, en el atrio después de misa. Mis vestidos van a pesar toneladas con el peso y la importancia de la literatura salvadoreña.

Cuando esté desnuda me voy a sentir completamente insignificante. Se me va a callar la voz y a enrollar la lengua. Mi marido me va a preguntar qué me pasa y voy a responder con silencio. Solo vestida voy a tener algo que contar.

martes, 8 de noviembre de 2011

Mafalda está viva (ii)



Cuando anduve caminando por las calles de Buenos Aires, me dio por tomarle fotos a cosas que me recordaban a tiras de Mafalda. Poco a poco voy a ir subiendo y alterando y haciendo desastres con las tiras de Quino, adaptando las fotos como pueda a las historias. Estos son los resultados. Otra vez, disculpas.

Mafalda está viva (en Buenos Aires)

Ese momento fue tan corto e insignificante que cabe en esta línea.

Los textos del lago

(vii)

Detrás de la cortina está escondida la niña, que le tiene miedo a la cucharona de madera de la muchacha. Ya le dije yo que no le pegue tan fuerte, que solo medio la toque, pero la niña ya tiene moradas las nalgas, las piernas y la espalda.

Así me criaron a mí, a golpes. Comiendo del suelo usando las tortillas como cuchara. Una vez a la semana pollo, y no del bueno.

Esta niña suerte tiene. Nosotros ni cortinas teníamos.

Yo no me podía esconder.

(viii)

Los recuerdos con vos se me hacen pequeños, cuando pienso en tu cara me parece del tamaño de un maní. No es que ahora seás insignificante, sino que los años son como kilómetros y desde aquí solo veo un espacio borroso en el que tu cuerpo debería estar. No hay mucho que descifrar. Ahora solo sos una pequeña parte de mi memoria. Compartimentos enteros antes dedicados a vos ahora los lleno con café, con el vecino, con un montón de ron.

Cómo quisiera recordarte mejor.

(ix)

Te voy a llevar lejos, te voy a enseñar ciudades que llevan tu nombre. Vamos a cazar ratones y los vamos a alimentar a gatos callejeros. Vamos a disfrutar el espectáculo carnívoro. Hace tanto que nuestros dientes se volvieron débiles, como de cartón o durapax. He tratado de morder tu pezón sin éxito. Has tratado de lastimar mi glande pero tus molares son de aserrín.

La vida nos ha hecho débiles, se nos ha ido cayendo la fuerza de las manos. Nuestros abrazos ahora son de peluche, nuestros besos a distancia.

Nuestras caras son delgadas, estructuras óseas cubiertas de una fina capa de carne. Dentro de poco vamos a desmayarnos, vos orinando aire, yo lavando mis pómulos hundidos. En el baño nos van a encontrar, nuestras manos intentando en vano encontrarse.

Tanta hambre desperdiciada. Tanta, tanta.

Los textos del lago (vi)

No hay paso. Estamos atrapados. Me duelen mis pies y tengo ganas de ir al baño. Me dan ganas de acompañar a la niña que llora en el asiento del frente.

-Abrazame, tengo frío.

Te abrazo pero yo también tengo frío. No hay nadie que nos explique. El conductor está fumando y orinando a 10 metros del autobús. O al menos eso suponemos.

-Esto está tan oscuro.

No hay carretera, solo polvo. Y hasta aquí escuchamos los cantos indígenas. Te digo que quizás estamos muertos, algún accidente o algo así.

-Como aquella película, con la niebla.

Nos quedamos callados, como si muertos, un buen rato. Todo el bus en silencio. La niña se quedó dormida, y nosotros hacemos lo mismo.

Cuando despertamos todavía es de noche, y seguimos ahí.

We all go back to where we belong

Hace ratos estoy solo. Me hace compañía una música suave, que flota como tinta traslúcida a unos milímetros del papel. Abrazo fuerte la soledad, como si fuera lo único que me queda, y apoyo mi cabeza en mi almohada mientras escribo.

Cubro mis ojos, hago siestas de horas, consumo cervezas amargas y aprendo a tocar el charango.

Lleno el silencio de estos días con un monólogo interior hermoso, construido con párrafos que al tocarlos son tan suaves como una oveja del altiplano.

Quiero ver tu cara por minuto y medio, sin interrupción.

Quiero que sonrías a mi cara como si mis ojos fueran lentes de cámara. Quiero tomarte fotos con dos cámaras que simulen ser mis ojos.

Quiero recordar la arruga de tu frente: la recuerdo tan bella y profunda.

Los textos del lago (iv)

Hay un barco de aquí que te lleva a una isla bonita, con olor a pescado. Ahí el viento es frío y el sabor a cerveza se siente en la tierra. Me como la tierra como si fuera cereal, mojada en leche.

Y me imagino chupando la teta de una vaca alimentada con pasto transgénico y el bote se mueve de un lado a otro y una señora tiene miedo y reza y pide consuelo y todos pensamos que nos vamos a hundir y el puerto se ve desde aquí tan lejos.

Desde aquí distingo los botes que se mueven de un lado a otro y son como moscas nadando en el mar. Abrazo mi lapicero y paro de escribir, esperando que las olas no se los traguen, las malas olas de este lago que no conocen el mar.

(v)

Hasta cuándo voy a estar escribiendo. Hace ratos voy describiendo tu llegada.

Te he escrito llegando con sudor en las mangas de la camiseta, te he escrito bajando del autobús y abrazándome llorona y terminal.

Te he escrito llegando en taxi, con lentes de sol y barras de chocolate Toblerone para los niños.

Te he escrito llegando en un helicóptero que espanta a las vacas y a los chuchos que cuidan a las vacas.

Te he escrito llegando en ataúd.

Pero siempre te escribo con ganas de verme, con respiración ansiosa, con palabras emocionadas, tildadas con un abrazo que o me das vos o te doy yo si es que venís con los ojos cerrados.

Espero que vengás con los ojos abiertos. Bien pero bien abiertos.

Los textos del lago (iii)

Cumplís años con el pecho hundido, con los dientes amarillos y tu mamá roncando en el cuarto de a la par.

Muchas veces dije que no sería de esas locas que se muere cambiando el pañal de sus papás y limpiando el accidente fecal de su mamá en el suelo de la cocina.

Mamá ya le dije que no cocine que por algo usted me enseñó a hervir agua hace tantos años.

Todavía me acuerdo que las burbujas significan que ya rompió el hervor.

De vez en cuando todavía tengo sexo. Encuentro a alguien que se atraiga por panzones y pelones y entonces voy a la farmacia y con una gran sonrisa le pido a la dientuda de la caja una caja de condones y un par de genéricos.

Usualmente son jovencitos, que me piden dólares para el bus y que creo al final ocupan para entrar el sábado a la disca.

Hace tanto que no voy ahí.

Solía ir todos los fines de semana, como se va a misa. Pero después despertaba peor de lo que dormía. Con la camisa arrugada, con el aliento asqueroso, con el silencio en la almohada.

Ahora me siento feliz cuidando a los dos viejitos pero claro, quién va a cuidar de mí cuando yo me cague por accidente o cuando se me gangrene el pie.

Tenés suerte de estar vivo, te digo, tenés mucha suerte. Podés pagarte una viejita que te lave la ropa, te cocine la comida y te abrace enamorada cuando te estés muriendo, cuando estés tosiendo la flema del cigarro que fumabas nocturno, en el Manhunt, con el semen en tus manos.

Los textos del lago (ii)

Ni te acerqués, no puedo con tu voz. Hace ratos me contaste de tu ciudad y sus cascadas de casas cafés que caían en montañas aceleradas por el viento. Me las imaginé hediondas, entre calles de tierra y piedras porque vos me dijiste: ahí la mayoría de gente es pobre y pobremente sobrevive al frío y a la nieve. No había agua potable, en mi mente y en las mañanas se bañaban con el orín de las ovejas y cuando había sed podrían licuarse las heces de los vecinos.

No es para tanto, me dijiste, es algo así como tu ciudad. La gente o se muere en camionetas o en los buses o a pie por el Paseo; o se comen una hamburguesa o dos tortillas con limón y sal.

Sos el primer y último salvadoreño al que beso, al resto lo dejo con sus labios resecos y su hambre de coco, con el alcohol puro en la sangre y en la mesa solo los frijoles o las entregas del Gourmet Express o las botellas de cerveza, todavía con cenizas, con el olor a eructo del último pulmón antes de quedar dormidos, con la panza al descubierto, insistiendo en respirar aunque el cuerpo se está rindiendo, solo le quedan un par de años, solo un par de años más.

Tu ciudad, mientras tanto, sigue viva. Cayendo y cayendo, acumulando más casas, tragando más polvo. Así le gusta vivir y así vive bien.

Los textos del lago (i)

Besame lento, silencioso y solemne; como cuando el papa besó el suelo de Comalapa. Abrazame con intensidad, como para salvarme, algo así como se abraza a un árbol que están a punto de talar. Soy árbol, soy suelo, de mí salen flores cuando les da gana y en mis pies se dibujan círculos concéntricos que revelan mi edad.

Vos, vos sos mero aire, como escondido entre las nubes o la niebla o el cráter pequeño que dibuja un círculo, un lunar, formación cavernosa, adentro del Boquerón.

Si lo pensás bien, no deberíamos estar juntos. Entre nosotros debería dibujarse una línea fronteriza como la que guarda a Las Chinamas, con un montón de pupuserías alimentando nuestros estómagos pálidos y ulcerados. Quisiera explicarte por qué, pero las palabras se me acaban, ves.

Tengo frío y vos insistís en abrazarme, en rodearme rojizo y pulsante, y yo me dejo.

Te advierto: solo hoy en la noche. Solo lo haremos por hoy en la noche.

Los textos del lago

En un viaje reciente, deseché los planes originales y decidí pasar más tiempo de lo esperado en el Lago Titicaca. Uno, porque era barato; dos, porque era bonito.
Pero los lagos pueden ser aburridos: un montón de agua y burros y llamas y no mucho que hacer. Sin internet, sin televisión, solo con un montón de extranjeros (la mayoría mujeres) con las cuales no tenía ningún interés en hablar. Así que decidí recluirme y escribir. Escribir en el almuerzo, a la hora del café, cuando estuviera horas y horas viendo la infinita y ridículamente azul agua del lago. De ahí surgieron esta serie de textos que, como todo lo que escribo, tienen o no tienen sentido, pueden ser considerados o no esfuerzos reales por escribir algo con valor literario, pero que únicamente deben ser tomados como lo que son: palabras que escribí de repente, que luego evité editar, cosas que pueden o no significar nada, pero la mayoría del tiempo no.

Son un puño de letras escritos frente al lago Titicaca.

Me disculpo con antelación.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

Soy tu memoria

Soy tu memoria.

De la mano te llevo por la ciudad, hasta alcanzar la plaza central. En ella dejaron el cuerpo desnudo de tu papá, hasta que las moscas se comieron sus ojos. Nadie, ni la policía, se atrevía a levantarlo. Tu mamá se acercaba gritando a moverlo pero una masa de gente la detenía. Lo dejaron ahí demasiado tiempo. Comenzó a descomponerse. A la plaza le decían la Plaza del Muerto.

Hace ratos lo querían así.

Muerto, desnudo y en el centro de todo.

Una madrugada de agosto te escabulliste entre los que lo vigilaban. Ellos dormían, borrachos por las fiestas.

Como pudiste arrastraste su cuerpo hasta tu carro.

Cuando despertaron por el ruido del motor ya ibas lejos. El fantasma de tu papá te acompañó todo el camino.

Jardines amplios (la novela que nunca voy a terminar)

Estoy preparando las macetas. Estoy comprando el abono. Estoy dejando el sol caer y la lluvia mojar el suelo. Estoy escogiendo los colores. Estoy buscando los arboles de frutas y semillas. Estoy sembrando las semillas.

Estoy hablando con las pequeñas plantas todos los días. Les hablo con voz suave y cariñosa. A las plantas hay que hablarles como se le habla a un amante en la madrugada.

Estoy repartiéndoles vitaminas y consejos. Estoy armonizando las petunias con las rosas. Estoy creando espacios completos cubiertos por centavos y garbanzos.

Estoy esperando que el pasto se tupa y que la palmeras crezcan por metros.

Estoy buscando la mejor posición para las bancas y las fuentes, las mesas y los pequeños grifos de los que brotará agua de los pozos, del fondo de la tierra, de muy debajo de estos jardines.

He pasado años trabajando para comprar estas tierras. Peleé con vecinos y soborné a trabajadores del gobierno. Destrocé casas y caminos. Necesitaba un espacio amplio. Necesitaba un espacio amplio para que caminara tranquila.

Estoy vigilando el trabajo de cuarenta jardineros y cincuenta señoras encargadas de transportar cualquier cosa que necesite transporte. A todos los he vestido con ropa blanca que les hace más fácil el golpe del sol. Yo visto una guayabera que mandé a repetir 700 veces para nunca tener que lavar. Unos pantalones cómodos para poder andar con tranquilidad.

Regularmente se me acerca la gente para preguntarme que estoy haciendo. De vez en cuando incluso ella me acompaña y me dice que para qué tanto escándalo.
Los niños me señalan a través de los muros de loroco y se ríen.

Nadie cree que voy a terminar.

Los jardines tardarán mucho en estar listos. Yo veo este proyecto y lo siento pequeño. Quisiera hacerlo aun mas grande.

Este espacio se me hace muy angosto. A este lado falta cola de ardilla y maguey. Por allá, en la parte norte, necesitamos naranjos extra para la sombra del mediodía.

La abrazo cuando viene conmigo. Le digo que faltan muchos años. Pero mi mamá cuando esté flaca va a tener jardines amplios.

jueves, 27 de octubre de 2011

Querido Gaspar:

Atesoraré para siempre nuestros tres días juntos. Fueron días hermosos, llenos de paseos por paisajes de los Andes, atrapados en algún lugar, en algún desierto entre Bolivia y Chile. Me veías con tus ojos azules y mis piernas temblaban. Me hablabas en tu ingles con acento danés y mis orejas cambiaban de color.

Te vi quitarte tu camisa por primera vez en el caliente clima del salar de Uyuni. Inmediatamente tuve que ver hacia otro lado. Tu piel coloreada por el sol de Sudamerica. Tu pecho moldeado por años en el gimnasio y, también haciendo judo y karate. Tu pelo Rubio cenizo.

Siempre imagine que hombres como vos no me iban a gustar. Demasiado perfecto. Demasiado obsesionado con su cuerpo.

Pero lo que descubrí en vos fue una dulzura extrema: en la forma en que me hablabas, preguntabas sobre mi pais, tocabas mi rodilla o mis piernas o mi hombro o bromeabas conmigo. En la forma en que me sonreíste con tanta dulzura en la pizzería en el medio de la nada, poniendo tu mano en la mejilla y viendome como queriendo descifrar algo, entender algo.

Escuche con paciencia tus historias sobre mujeres ecuatorianas y japonesas y españolas y rumanas. Escuche con paciencia cuando me contabas tus aventuras sexuales.

Pero en mi mente todas eran conmigo. Solo conmigo. Las noches que compartimos en la habitación las pase imaginando que te saltabas de tu cama a la mía y me suspirabas algo. Y luego íbamos al baño compartido a besarnos. A destrozarnos el cuerpo.

Pero nunca te lo dije. Nunca te lo quise decir. Habrías reaccionado mal, supongo. O mejor de lo que esperaba.

Pero prefiero mantenerte en la mente como aquel danés que me vio salir del baño en un pequeno pueblo de Bolivia, y al ver mi cara de aburrimiento me pregunto lo que me pasaba, y escucho mis quejas con Atencion y con mas de una broma. Aquel danés que me dio golpecitos cariñosos en la cabeza Cuando apoye mi cara en la mesa, y dije: "I am so tired".

Aquel danés que entonces me dijo, con voz suave y linda: "aww you poor thing".

Si, Gaspar, pobrecito yo. Pobrecito yo que solo voy a vivir recordando tus manos en mi cabeza. Tu sonrisa. Tu pequeño abrazo heterosexual en las calles de Uyuni, cuando me acompañaste por compañías de buses hasta que encontré un asiento.

Como tu cuerpo dorado se confundió con las rocas del desierto de Bolivia.

Como sos la muestra de que puedo enamorarme. Aunque todo exista en mi imaginación y con una buena dosis de estupidez.

Dejame ser el pobrecito. Dejame ser el pobrecito que se enamoró de vos por tres días.

viernes, 21 de octubre de 2011

Axila

No recuerdo mucho de mi pubertad. No recuerdo mi primer vello púbico o cuando mi barba comenzó a manifestarse. No recuerdo mi primera masturbación ni eyaculación, pero si que recuerdo las siguientes (digamos que se convirtió en una adicción que me llevó masturbarme varias veces al día, en todos los lugares posibles de mi casa, aprovechando cada ausencia de mi familia. Era como tener sexo en publico, con el peligro de ser atrapado completamente latente y emocionandome aun mas).

Bueno. Pero algo que si recuerdo es cuando empece a oler debajo de mis brazos. Desde ese lugar al que no le encontramos palabra mas bonita que axila. Quizás tiene palabra tan fea porque a la mayoría de la gente le da asco, o precisamente la consideramos fea pues nos recuerda a lo "horrible" del sobaco.

Pero al Miguel de once años no le parecia nada horrible. El Miguel de once años olia el mal olor de sus axilas con amor y Atencion. Le (me) fascinaba la textura olfativa, lo acido y putrefacto. Me sorprendía la capacidad de mi cuerpo de producir semejante hedor. Recuerdo especialmente una vez que ensayaba con mi clase de sexto grado un baile para e l día de la madre, o el día del padre o el día del niño, pero eso que importa. Lo importante es mi adicción a levantar mi brazo y oler mi axila sudada. Aprovechando los movimientos de la coreografía accedía a ese inquietante, terrorífico olor.

Me acorde de esto en un avión, recientemente. Después de un día de volar y escalas, yo simplemente apestaba. Pero esta vez no me gusto tanto. Esta vez me molestaba y me aturdía la idea de la gente a mi alrededor dándose cuenta y viendome extraño.

Y pienso: he perdido algo. ¿Por que no puede seguir gustándome el olor? ¿Por que ahora me preocupa?

Había algo bonito en aquella mi hermosa fascinación hasta con mis defectos. Ahora parece que me veo al espejo y lo único que veo es una gran, peluda, apestosa y puberta axila.

¿Y que mas da? ¿No merece una axila amor?

Quiero regresar a ese ensayo de baile otra vez y quererme, quererme con todo y mal olores.

A veces siento que lo necesito tanto.

jueves, 20 de octubre de 2011

La niña

La niña dormía en el regazo de la muchacha. La muchacha estaba sentada a la par de la cocina. En la cocina, una olla de agua hirviendo. La niña, que era pequeña pero no bebé, tenía manos hechas de flores. Eran flores como las del jardín de la señora que lavaba la ropa. Las manos de flores de la niña se sumergían en agua hirviendo. La muchacha no ponía atención por estar chambreando. La pobre niña estaba dormida, no sentía el agua.

Yo le gritaba a la muchacha pero la muchacha no me escuchaba. Mis gritos tampoco despertaban a la niña. "Las manos de la niña", le gritaba. "Las manos de la niña". Yo quería llorar por la niña. Sus manos. Sus manos de flores.

Yo no estaba despierto cuando la niña despertó. Espero esté bien. Sus manos eran tan bonitas.

martes, 18 de octubre de 2011

Centro Cultural Franco Alemán de Santa Cruz, Bolivia

Imaginá que esta entrada es soluble. O que se evapora. Que estas letras se funden con la arena de una playa volcánica, salvadoreña. En ella alguna vez vos y yo conversamos. Tuvimos una conversación pequeña, del tamaño de un grano. Y cada vez que pronunciábamos palabras las letras eran burbujas, burbujas salinas, del color del aire. Ya conocés el aire. El que toma el color de todo lo que lo rodea. Puntualmente cae la noche todas las noches y con ella llega la covnersación inédita entre vos, Bill Murray, una marmota y yo. Nos sentamos y tomamos café y fumamos cigarros. Nos vamos repitiendo, aburridos, destilados por el tiempo. Y así, sin tocarnos, sentimos el sabor lento de nuestras pieles.

Ahora imaginá que esta entrada tiene olor. Tiene el olor de la velocidad de las palabras en el aire.

jueves, 6 de octubre de 2011

En cada aterrizaje y en cada despegue vos, Querido Rostam

En cada aterrizaje y en cada despegue vos, Querido Rostam.

Se perfectamente lo que dicen las reglas de aviación: no aparatos electrónicos en despegue o aterrizaje. Pero vos Sos la piedra en la que me apoyo, Querido Rostam, y te necesito. Así que escabullo mis audífonos cuando despego o aterrizo y escucho tu canción.

Se que lanzar tu nueva canción al mismo tiempo que mi viaje no fue coincidencia. Se que todo lo tenias planeado. Sabias lo nervioso que me pongo y por eso me creaste esta que no es canción de cuna, sino canción de asiento de avión.

Me suspiraste al salir de la mañana pacifica de Comalapa; me suspiraste al aterrizar en la noche atlántica de Rio de Janeiro. Y así me vas a ir suspirando: en la tarde bonaerense, en la mañana boliviana, en la tarde de la meseta peruana. Hasta de nuevo, llegar a las palmeras de La Paz.

Cuando aterrizaba en Rio, el clima x de tu canción coincidió con el momento justo en el que el avión toco la pista y comenzó a frenar y las luces de la torre de control se me manifestaron gloriosas y seguras.

No, eso no fue ninguna coincidencia. Eso fue parte del plan magistral del destino, que esta uniendo nuestras vidas sin nosotros siquiera darnos cuenta. O miento: yo si me estoy dando cuenta. Pero le hago truco al destino y evito mostrarle mi ansieda por tenerte.

Porque veras, a algunas cosas hay que tenerla paciencia. Y yo a vos, Querido Rostam, te tengo paciencia infinita.

domingo, 2 de octubre de 2011

Bom Viagem

Llegando de tu casa a la mía vi la misma escena que vi afuera de la tuya: una familia bajando una maleta grande hacia un carro y dos personas con cara apagada y una con la cara en blanco, pero con colores que salían por los poros en forma de sudor aprisionado y luego desaparecían en una nube de humo. Esta vez yo no fui parte de la escena, esta vez yo no me despedí. Pero pensé: de esto está hecha la vida, de continuas despedidas y bienvenidas. Hoy te vas vos pero también se fueron dos monjas, se fueron sacerdotes, se fueron gays con sobrepeso, se fueron un montón de personas de las que nunca vamos a aprender los nombres y nunca vamos a conocer y nunca vamos a sentir los labios ni el calor de la piel cansada de empacar. Todos se van alguna vez, todos vuelven cuando pueden o quieren, cuando los llama lo mismo, lo viejo o lo nuevo. Si que te fueras fue especial fue solo porque yo formaba parte de la historia; por lo demás fue una ordinaria experiencia más de este mundo que nos hace acostumbrarnos a travesías ridículas, a viajes en el aire, a alejarnos, a nunca sentirnos cómodos. Vos vas a regresar, y con vos van a regresar un montón de personas en una mezcla de maletas gigantes, de llaveros baratos o de años separados. Otra vez, verte y abrazarte va a ser especial solo porque tu regreso me involucra a mí; pero no puedo dejar de imaginarme a un extraño viéndonos, sin saber lo que eso significa, este abrazo y esa conversación.

Aprecio por fin lo único y excitante de estas experiencias que son de nosotros, que no son de nadie más, que aunque solo sean una repetición de una fórmula que aleatoriamente se reparte en aeropuertos y estaciones de buses en todo el mundo, son completamente específicas, completamente especiales en lo ordinarias, recurrentes, como una canción que volvés a escuchar una vez y otra y otra vez y sigue teniendo el mismo efecto. Aunque millones de otras personas la estén escuchando, aunque millones de personas se estén despidiendo al mismo tiempo, con la misma mezcla de profunda tristeza y callada alegría que vos.

miércoles, 28 de septiembre de 2011

Soltá las mancuernas: así estás bien

Quiero acercarme a vos y quitarte los audífonos de las orejas y decirte: Soltá las mancuernas, así estás bien. Así me gustás, con tus pezones en punta y tu cuerpo descrito por ojos ajenos como bolsa de crema. No sos ninguna bolsa de crema para mí. Estás en el punto perfecto. Estás perfecto. Me gusta el atisbo de vello que noto en tu pecho, me gusta la forma en que las nalgas abrazan tu pantalón de gimnasio. Me encantan tus ojos, tu nariz un poco torcida, la forma en la que notás que te estoy viendo y probablemente pensás que solo te cruzaste en mi camino. No, no te cruzaste en mi camino. El camino de mis ojos pasa por vos, por tus ojos negros grandes, por tus brazos que cada vez veo más fuerte y tu panza que cada vez se va haciendo pequeña pero no: detenete. Soltá las mancuernas. Bajalas. Yo las pongo en su lugar. Así como estás estás bien.

Te abrazo ahí frente a todo el mundo y te lo repito al oído. Los audífonos siguen expulsando la canción que estabas oyendo y solo es un ruido como estática. Ese ruido nos envuelve y el resto de gente habla de nosotros pero no escuchamos. Salimos así, abrazados, del gimnasio. Y llegamos al parqueo a mi carro y luego a mi cama y te desnudo:

sí, así estás bien. Maravilloso, de hecho. Te voy a preparar pancakes de desayuno.

martes, 27 de septiembre de 2011

Tanto de nosotros


Tanto de mi sudor y tanto de su sonrisa...
Tanto de mi cachete en su brazo y su nariz en mi pelo lleno de gel...
Tanto de mi mano terriblemente larga y su cariño hacia objetos inanimados
Tanto de su camisa blanca ajustada y mi maquillaje café que no iba destinado para esa blusa plateada...
Tanto de mi barba y tanto de sus lunares
Tanto de su gesto como despiadado y tanto de mi sonrisa que quiere ser feliz...

Tanto de la insistencia de seguir siendo dúo a pesar de ya no seguir escribiendo juntos..


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p.d. Este post fue re-construido a partir de comentarios en una foto de facebook...Algunas líneas son de Flor y otras mías, pero no digo cuáles.

Lucía

No me veás a la cara, Lucía, que tengo cheles en los ojos y pasta blanca en los labios. No me veás a la cara, Lucía, que se me acercan las moscas y se me paran en las cejas y me las tengo que apartar antes de que tus ojos, Lucía, se den cuenta. No me veás a los ojos porque los tengo de diferente color, uno que se aparta para verte las orejas y el otro que se despega, vuela, para ver tu espalda. Me molesta tu mirada, Lucía, porque solo es eso: mirada. Se que no me pensás, solo me ves; se que se limitan tus ojos a examinarme o a probarme, como científico loco en bata blanca llena de sangre, dándome vuelta como se le da vuelta a una chaqueta reversible, dejando expuesta mi carne y mi bazo, las venas que gotean sangre y que por favor, te pido, no veás con tus ojos, Lucía.

Aquél día en la calle te encontré caminando sola, Lucía y te pedí que por favor no me vieras a los ojos. Noté las estrías debajo de tus chiches y quise besarlas, como imperfección tan tuya, de tu vieja gordura y tu actual hambruna. Lucía, no me veás a los ojos, que me da miedo ponerme a llorar, subirme al carro y manejar hasta la carretera, bajarme y dejarlo abandonado, caminando lejos solo pensando en tus ojos Lucía, en la forma en que me vieron, en la calle, en la casa o en la cama, antes de que el asfalto se tragó tu piel y el sol quemó tu pelo, lo tostó entero, como se tuestan las mujeres en las playas, tan desnudas como tus ojos, Lucía, tanto aburrimiento y tanto olvido.

No me mirés a la cara, Lucía, que no soporto la idea de tus ojos despiertos.

'The way that we dream is the way that we live: alone.'

Cómo quisiera ser tu boca o tu mente y que yo fuera tu canción, ves, flotando al aire al oído de los que te escuchan. Abrazarte las encías o los dientes y dividirme en partículas u ondas sonoras y flotar, flotar en el Teatro Griego o en el Shoreline o en el Roseland o en Tyrone's. Ser parte, también, del sudor que cae debajo tu camisa, que se vuelve más delgada o del sudor que moja tus calcetines, que moja los vellos de tu pecho o las pequeñas comisuras de tu lengua, las que tocan la cerveza y la empujan hacia el estómago adonde yo, desnudo, me baño en tus jugos gástricos. Nada me quema, todo me protege: tu voz resuena en la cavidad de tu tórax y abrazo tus pulmones, los alvéolos, me enredo en tus cejas y cuelgo de ellas hasta caer, plano, en el escenario.

Cómo me gustaría ser parte de vos o hundirme en tu pelvis, asexual o cromosoma. Por un rato parece ser posible, por un rato con tus canciones...que se van acumulando, melodías incesantes, coros y estrofas, medios puentes y finales, y los insoportables, largos eternos silencios en los que de nuevo estoy fuera, en los que floto en el aire sin siquiera poder alcanzar a ver tu cuerpo en la distancia.

lunes, 26 de septiembre de 2011

Escribiendo en la ventana

Pero los dinosaurios van a desaparecer

Como un eco.

Reconstrucción de las fábulas

Comprendo poco de tu noche pero la entiendo solitaria y húmeda. El sereno anda dando vueltas en el aire y entra a mi nariz. Encuentro en las calles obstáculos bonitos que superar. Camino estas calles que antes conduje y recuerdo palabras de los vigilantes, las miradas de los soldados, los tomates en mi boca. Los rótulos están iluminados y son o Times Square en ruinas o Las Vegas con sífilis. Presiento mi mente destrozarse. Siento las arrugas y las curvas de mi cerebro apretarse y soltar como esponjas el agua que han ido acumulando durante la noche. Las malas decisiones y los impulsos idiotas y los errores se ponen en línea, todos, para que los cometa. Es como un desfile de la deshonra. Van cayendo, van creciendo todos. En mi mente suena una canción y escucho perfectamente la voz del cantante. Es asombrosa la claridad que te da una borrachera. Todo lo ves con facilidad y sin consecuencias. Lo malo es que las lecciones que aprendés con el cerebro apagado pero el cuerpo encendido se te olvidan al siguiente día. Y seguís tratando de reconstruir las moralejas de las fábulas o los detalles de los cuentos por días enteros, buscando en el ático de tu mente los rastros o las pistas. Usualmente no las encontrás, pero en el esfuerzo está la recompensa. En seguir escribiendo y seguir esperando que en algún momento, la verdad aparezca entre tus palabras.

domingo, 25 de septiembre de 2011

Supongo que necesitaba caminar


¿Que por qué lo hice? No se, supongo que necesitaba caminar. Y la idea era loca: cómo caminar de madrugada, en una ciudad que no es para nada caminable, en la cual tenés que cruzar zonas peligrosas para llegar a cualquier parte. Pero de mi mente no se quitaba la idea. Estaba cansado. Estaba borracho. Estaba aburrido y desesperado y otra vez, borracho. Alguien me decía que me quedara. No recuerdo mucho de su rostro pero recuerdo que hablaba largo rato sobre que no me fuera. Pero no, yo me quería ir. En mi mente la ruta la tenía clara: arriba hacia la capilla y luego por el Kreef de la Mascota y luego por el puente ese raro (¡ahí me van a asaltar!) y luego hacia el Paseo. Prácticamente ya estaría en mi casa, en mi edificio. Las cosas son diferentes de noche. Las casas se ven diferentes y a uno le da risa. Me da risa, porque por no andar efectivo y por no querer molestar a nadie y por querer escapar y porque sí, supongo que necesitaba caminar.

Me da risa acordarme y algo de miedo, me pongo a teorizar sobre el fantasma de mi papá que me cuidaba mientras caminaba o que en ese momento por fin San Salvador se vio libre de crimen y peligro y sí, ahora ya vivía en una ciudad en la cual podía caminar desde un lugar a otro sin miedo. Podía caminar borracho y cruzar los pasos peatonales y sí sentarme si quería a ver un poco de la noche a ver cómo las nubes desaparecían en el cielo con el viento después de una tormenta que, bendito sea, solo duró un poco.

¡Miren! ¡Ahí está un banco! Y entonces, en mi mente de borracho, en mi mente con 30 Regias adentro digo que sí, que puedo pasar al cajero. Puedo sacar dinero e irme al 'puesto' de comida mexicana a comprarme unos tacos. Y me voy.

Y sigo caminando. Y comienzo a correr. Y me carcajeo. ¡Estoy caminando! ¡En San Salvador! De repente todo lo que me han dicho me parece mentira, Santa Claus sí existe, sí hay Dios, él me está cuidando, hay ángeles de la guarda, cuando lo matan a uno es por mala suerte, no porque este país sea peligroso, aquí no hay maras, aquí todo el mundo está dormido o borracho y por eso no les importa que un loco ande corriendo por la calle y con una bolsa de burritos en la mano, con tres burritos, mordiéndolos caminando, tragándose los frijoles, dándole gracias a algo, a alguien, por darle la oportunidad de caminar, en esta ciudad tan bonita, en las faldas de un volcán, qué cielo más hermoso y que día de invierno más delirantemente maravilloso.

Llego a mi casa y me acuesto en una piscina de chirmol y estoy intacto. Mi teléfono, mi dinero, mis tarjetas y mis zapatos.

¿Que por qué lo hice? No se, supongo que necesitaba caminar. Vivir en San Salvador le puede atrofiar a uno los pies, la vida, las borracheras y los impulsos. Así que por una vez la locura prevaleció. Pero lo bueno es que solo de la locura salen las historias interesantes.

Para una historia parecida pero con final un poco diferente, de clic aquí y váyase al blog de la Señorita Violenta.

viernes, 23 de septiembre de 2011

Desaparecer

-Decime, para qué estás aquí.
-Vine a desaparecer.
Y de las cosas: del vientre de mi mamá, del pene de mi ex-novio, de las libretas en blanco, de los parlantes con música aburrida. De los sillones con la piel pelada, de las vistas que son la misma todos los días, de la ciudad sin playa y montañas sin nieve. De los problemas de la religión y la hermandad solidaria de los aposentos malvados, del cañal y El Cocal, de los aviones que no despegan. Vengo, a desaparecer: a traerte las cosas que te debo, a entregarte mi nombre y mi apellido, a verte por un beso o por dos, a huir de los recibos y las cuentas bancarias y las preguntas de en qué trabajo o el café otra vez con un desconocido o la cerveza que emborracha de otra forma, vengo a desaparecer en otros alcoholes. En estas ciudades, en estos mapas y leyendas, en el sur y en las fábulas de la reconstrucción de mis días. Mis días, que son así, como una canción o himno de trabajadores bien construida, como si murmuran o dibujaran un círculo perfecto con el peregrinaje hacia Europa. Pero esto no es Europa. También desaparezco de Europa:

y desaparezco de las presiones y de las despedidas y de la ausencia. Vengo lejos a establecer de nuevo mi identidad, que solo la encuentro en el camino. Si me quedo quieto me convierto en musgo o en un loco abrazando una almohada y viendo la pared. Desparezco. Vine aquí a desaparecer.

Bienvenido al invisible viaje del alma.

miércoles, 21 de septiembre de 2011

Yo estaba enamorado de una banda

Y la banda me dejó. R.E.M. se separa, pero no me separan de sus discos, que los tengo todos, en archivos MP3 (porque quién tiene ahora de los discos redondos esos) y los escucho cada vez que quiero, movido por lo mismo que me movió después de la primera vez que los escuché, cuando solo eran un par de canciones conocidas, o cuando una sola canción me provocó bajar toda su música y descubrir en ellos un identificador sonoro, una forma de interpretar mi vida en las guitarras y las letras oscuras o incrementalmente románticas de Stipe. Aquí, en mi computadora, en reproductores MP3 pero sobre todo en mi cabeza, quedan las canciones y el sonido de su música. Cierro los ojos y puedo escuchar perfectamente el piano de algunas canciones, las voces y los coros de otras, las versiones en vivo de las que más me gustan.

Por mucho tiempo he escrito sobre esta banda y lo que significan para mí. Pero lo voy a dejar de hacer. Se quedarán conmigo, guardados, los voy a convertir en memoria cerrada y final. Así los tengo solo para mí, y los que me leen ganan sin tener que estar aguantando oooooooooooooootra entrada sobre los movimientos rápidos del ojo.

Estaba enamorado de una banda. Me dejaron. Pero yo los sigo queriendo, como amante rechazado pero aún obsesionado, que no le dice a sus amigos que sigue atontado y pone cara de alegre pero se encierra en su cuarto, pone Hairshirt a todo volumen, y la mandolina le perfora el oído con una tristeza parecida a la alegría. Algo así como R.E.M. Algo así como su música.

domingo, 18 de septiembre de 2011

La Alopecia como Tragedia

Es la crueldad la que se lleva tu pelo
folículo por folículo
en el baño o en la cama o en las manos de un hombre agitado
o en el pasillo, o en el cualquier lugar en el que caminás
te lo arranca, hasta que te quedás con el Atacama como cabeza
como superficie yerma de la que ni surge agua ni surge vida ni surge colochos, los colochos a los que te acostumbraste tanto.

La crueldad es la que se lleva tu pelo y te deja solo, como bebé alienígena, saliendo de la vagina de tu mamá, la calva ensangrentada.

lunes, 12 de septiembre de 2011

Cuánto puede pasar.

Mirá: allá están todos tus años. Te están esperando. Si dejás de tomar tanto vas a tener más. Si cuidás la diabetes aún más. Si dejás de fumar con el aire acondicionado encendido. Si dejás las prácticas. Allá están todos tus años y están sentados en sillas y están esperando a que vos los llamés y uno a uno
uno a uno irlos llenando
y llenando con letras y las historias y algún que otro viaje y descubrir nueva música y buscar otra casa y darle besos a tu mamá, un abrazo a tu hermana, un almuerzo con tus amigos, una cerveza con el que te gusta, un abrazo a un extraño, la comida que te llena, las letras que se apuñan en tu cabeza, llenarlos todos, sí, también con las horas que dormís (que dormir también es ocupación), con las pesadillas y alguna vuelta por la ciudad, sacarle una sonrisa a tus sobrinos y una sorpresa a gente que jamás te imagina
e irlos llenando y llenando
están vacíos, todos esos años y allá están: mirá, miralos. No los dejés esperando. En su cara noto que quieren conocerte.
Muy pocas veces es posible ver ojos de esperanza en la mirada del tiempo.

O de cómo The Beatles me tienen despierto a las 2:31 a.m.

The Beatles siempre me parecieron ridículos. Sí, innovadores porque iniciaron muchos de los movimientos musicales, sí importantes porque son responsables del concepto del álbum y de elevar el pop a arte. Pero. Pero. Siempre creí que su valor llegaba hasta ahí: que eran pura influencia y nada de estilo. Y por un lado, es cierto. Tanta música después de ellos los ha dejado solo como una referencia, como "ellos me dijeron", pero quizás por eso (y por mi edad) jamás le había puesto la atención que merecían. Además, sus letras me parecían tan tontas: realmente demasiado inocentes y simples para la sensibilidad actual. Sigo pensando que la mayoría de sus primeras canciones son puros chicles y que esa incapacidad que tuvieron de ser buenos desde el principio los va a manchar para siempre...

Pero escucho Rubber Soul y por fin entiendo a lo que la gente se refiere. Luego escucho Revolver (y sobre todo "For no one" y "Tomorrow never knows") y todavía lo entiendo más. Estos discos son tan ricos (y lo digo por su riqueza musical y por su riqueza simple, lo rico que se siente oírlos) que me parece tan tonto no haberlos escuchado antes.

Luego escucho las canciones de sus siguientes discos y las encuentro demasiado afectadas, exageradas en sus propuestas espirituales e idealistas.

Así que establezco, por el momento, que mi momento favorito de este grupo es el punto medio entre la tontería de sus primeras canciones y la psicodelia de sus últimas. Más pop orquestal y country-rock y menos coritos bobos o experimentos histéricos.

Y qué bonita es "I'm looking through you", qué bonita es.


Dicho esto, aún pienso que Pet Sounds de The Beach Boys es infinitamente mejor que cualquier canción, disco o eructo de The Beatles. Sí.

sábado, 10 de septiembre de 2011

It takes a muscle

Aquí me siento y retraso el baño, la ducha. Mi cuerpo está sucio, aún sucio; la verdad, así me gusta. Me gusta con restos de desodorante de ayer debajo de los brazos; me gusta con el sudor de la noche detrás de las rodillas. Aprecio la acumulación de olores y sabores en la boca, que saben a suciedad pero eructan en vida. Me envuelvo la sábana, la sábana de tantas noches. Tolero la fetidez de lo mío porque es mío y yo lo he creado. Yo he generado estos olores desagradables para los demás, perfume para mí. Me siento como fábula o como moraleja, como advertencia para aquellos niños que apenas aprenden en la escuela que es necesario bañarse todos los días. Siento cómo se van acumulando los segundos malolientes en mi piel y como cada minuto también se eriza, se sumerge en la epidermis. Dejo que el humo de un gas envuelva el cuarto y se vuelva ambiente. Cierro la puerta y las ventanas y permito el olor de los calcetines sudados y la ropa tostada penetrar mi nariz, como si un halo de luz se tratara. Siento calor pero confío en la capacidad infinita de mis gotas de sudor, que se deslizan por la espalda, que mojan el suelo que hace ruidos cómicos cuando me muevo. Mi piel, sin ser tocada, es terreno árido, páramo llano. Alguna hormiga camina en mí e imagina molinos gigantes, monstruosos, que hacen que los vellos de mi espalda se levanten y muevan al ritmo de una ventisca imaginaria, imperceptible si no fuera por la quietud de todo lo que la rodea. Hacerse uno con estos olores, con la comida entre mis dientes, con las úlceras de mi esófago. Encuentro en esta decadencia una honestidad poética. Nada más humano que lo horrible y lo horrendo. Nada más humano que hundirse en la quietud del desgano y el asco. Canto alguna canción que se me ha quedado en la cabeza y al dejar el aire salir de mi boca se convierte en vapores de halitosis y placas de bacterias. Me acuesto boca abajo y me entrego al suelo, la punta de mi pene dejando rastros y mi boca simulando besar a otra boca, hecha de cerámica, con el mismo olor que la mía, con el sabor de mi piel que cada vez encuentro más tierna, caliente.

Me duermo con ronquidos estridentes y los vecinos, preocupados, comienzan a tocar la puerta.

He estado esperando

Me ha tomado todo el tiempo esperar, no he podido hacer nada más: es actividad obsesiva, de inmersión. No se puede hacer nada más cuando se está esperando, he querido pasar el tiempo con la música o el café o escribiendo algún párrafo o cocinando o saliendo a poner gasolina al carro o viendo película en repetición pero no, en realidad no he hecho ninguna de esas cosas: lo único que he hecho ha sido esperar. Algunas veces toma más tiempo, algunas veces se estira y algunas veces pasa más rápido pero siempre es así: siempre es la espera, siempre es estar ocupado esperando y cruzando dedos, dando vueltas en el pasillo, viendo la pared y esperando la luz del teléfono o el mensaje nuevo o el ring de los labios o el timbre de la puerta: esperar, trabajo a tiempo completo, obsesión clínica.

Y todavía sigo, todavía estoy aquí. No me traten de encontrar, estoy ocupado esperando.

El sueño no me tiene

El sueño no me tiene; me huye. Me ve y me encuentra demasiado despierto, mis ojos abiertos lo asustan. Se va, corriendo, a otras camas, a dormir a bebés y a ancianos, a dormir al vigilante del edificio. Luego, cuando pongo una película y comienzo a pensar en otros climas y otras manos regresa y me contempla, se sienta a la par mía y comienza a tornarse algo menos huraño, como si ya perdió el miedo y se atreve a tocarme. Oigo su voz y es una voz somnolienta, por supuesto, la voz de un amante agotado. Me pasa las manos por mi brazo y por la espalda, su tacto es parecido al de la lana de una oveja. Se pone más cómodo, yo me pongo más cómodo; me abraza y me cierra los ojos y me abre la nariz y me calma la ansiedad del estómago.

El sueño, familiar ahora con mi cuerpo y yo familiar con el de él, se hunde conmigo en el colchón. Está sin sábanas, pero ni al sueño ni a mí nos importa. El sueño, que no me ha tenido por ya más de 15 horas, se siente contento de estar de nuevo conmigo. Me cuenta un montón de historias, de ronquidos y pesadillas, de fantasías y sudores. Me cuenta sobre los bebés que mueren súbitos; sobre los viejitos que mueren esperanzados; sobre los terremotos que despiertan. Poco a poco sus anécdotas se me hacen arrullo y desdoblo mi cuerpo, lo sumerjo en el movimiento rápido de mis ojos y el sueño, satisfecho, se levanta y se va, dejándome dormido.

No es hasta el siguiente día que lo encuentro, nuevamente, viendo televisión en el cuarto contiguo. Me siento a su lado y tenemos una conversación enteramente construida con bostezos y nos decimos las cosas más lindas hasta que despertamos por completo.

viernes, 9 de septiembre de 2011

No va a venir

Se dio cuenta la mañana en la que se puso la chaqueta porque la ciudad amaneció fría, atlántica. Caminó por la calle a la cafetería a pedir su cortado y pronunció las palabras con una voz triste, decepcionada.

Dijo en su idioma, a su mente: "ya no va a venir".

Hace ratos habían terminado los mensajes o las llamadas repentinas o las sonrisas y los chats insistentes. Quizás conoció a alguien o quizás está con alguien ya. Había imaginado ya su pequeño cuerpo en su cama y regresar a los lugares en los que se conocieron.

Se quemó la lengua con el café y esperó con ansias la noche para tomarse una cerveza en el bar oscuro y que de repente alguna mano o le recordara a él o se pareciera lo suficiente para sustituirlo. Al final nadie es imprescindible.

Pensó en enviarle un mensaje pero los dedos se le congelaron al tocar el teclado.

miércoles, 7 de septiembre de 2011

Proceso de adopción


Ya está el proceso de adopción
vamos a adoptar un león
esta foto te la tomé mientras te relajabas en el jardín de nuestra hacienda en el centro de África y vos querías sonreír pero Roberto (nuestro tigre hermoso) te dijo que pusieras cara de serio
luego entramos y comimos ensaladas caprese
y vos me diste un beso en la mejilla
y me dijiste
me hacés tan feliz
jamás pensé, en la selva o en el desierto, con gavilanes o buitres, con ratones o pitones alrededor de mi cuello, jamás pensé que vos
el animal más hermoso
un salvadoreño común y corriente
me haría sonreír tanto, aquí en el comedor, en la sala, en la cocina y en la cama
Miguel,
te amo tanto.

Sos mi especie favorita. Te quiero conservar para siempre.

El Principito


Le clavaría las espinas de la rosa en la espalda hasta que sangrara toda su sangre azul, petarda
lo rociara con la ceniza de sus cráteres y lo golpeara con ramas gordas de baobabs
haría que cometas se estrellen con su planeta y le destruyan los biombos
le dibujaría un cuchillo devorado por una boa que lo devoró a él y a sus colochos rubios
lo quemaría con la llama que ocupo para encender los faroles (ya callate, mono cerote)
lo mordería con mis dientes de lobo y lo haría caminar por el desierto hasta que se desmayara
con las manos en la cara
triste porque se va, pobre Principito.

Y colocara una espada grande, afilada, para que cayera sobre ella y su cuerpo se evaporara en humo y polvo hasta que en su pequeño asteroide solo quede la leyenda de un pequeño ridículo que viajó por el universo con su voz chillante y sus dichos de Hallmark o Precious Moments o Amor Es y convirtió a un montón de gente en un montón de compartecitas, publicacursilerías ambivalentes obsesos.

martes, 6 de septiembre de 2011

Tus rines anaranjados

Me subiría a tu carro con rines anaranjados, pimpeado como lo pimpean los heteros como vos, acariciría tu barba con mis manos mientras vos manejás y ponés quinta y acelerás todo lo que podés y lo que tu carro con rines anaranjados puede (así son ustedes los heteros, les gustan las cosas rápidas y con el pedal hasta adentro) y luego te dejaría que me llevaras adonde quisieras, a un motel, quizás, y te haría cosas impronunciables que harían olvidarte de la

Karla
Jimena
Julia
Patricia
Karina
Julia
Sonia
Beatriz
Carolina

y todas las que intentaron antes pero nunca entendieron que tu belleza de verdad está en tus piernas flacas en tus brazos grandes en tu pecho definido en tu sonrisa de hetero idiota prepotente macho qué rico ha de coger ese chero pero especialmente en los rines anaranjados de tu carro.

Arrancalos y dame verga con ellos, golpeame la cabeza, destrozame las piernas y recostate conmigo mientras me desangro y me pedís disculpas y el rin rueda calle abajo. Será lo más hermoso que ha hecho un hombre por mí.

Tenis y sofá negro

Bastante has tenido ya con la nariz y la infección del oído. Será que te cuesta articular palabra cuando estás con ella, cuando te rodea el humo de sus discursos y te confundís con el tamaño de sus aureolas. Estás contento, por fin están juntos. Cuánto tiempo. Cuánto tiempo ha pasado desde que la viste por primera vez en La Ventana y se acercó a tu mesa con algunos amigos para saludar. Se saludaron de dos besos (pensaste que estabas loca) y cuando todos se fueron se quedaron solos, hablando y tomando cervezas de barril hasta que las meseras mal encaradas empezaron a levantar las sillas, a apartar los vasos vacíos y platos con frijoles de las mesas con manteles que parecen haber salido del armario de tu abuela. Nadie veía el reloj y se acercaba la una de la mañana y todos los empleados estaban en un círculo hablando en el bar y a ustedes les dio por inventar conversaciones, por pensar que al salir al parqueo los iban a asaltar porque esos días andaban asaltando en la Escalón y chambreando sobre las intervenciones e instalaciones y becas y publicaciones y concursos del Centro Cultural. Te he visto por ahí, le dijiste, pero hasta ahora no había podido decirte hola. Si hubiera sabido que te gustaba lo hubiera hecho antes. Te dice que qué bueno que lo hablaron y el ruido del portón del restaurante cerrándose les avisa que tienen que levantarse, irle a pagar a la cajera que siempre parece estar de mal humor (será todo el dinero que le dan) y agarrar dos dulces de menta de la canasta, casi vacía, a la par del libro ese de caricaturas del que se estaban burlando minutos antes.

¿Pero cuándo vas a publicar un libro vos? Te dijo, y vos te reíste, porque ajá, libro feo o no pero el viejito ya tiene su nombre en una portada.

Salieron a la plaza y como esta ciudad es de llantas y no de pies, se tuvieron que separar. Quedaron de encontrarse en alguna intervención o instalación o concurso de beca o taller gratuito o presentación de publicación en el Centro Cultural, en la próxima, veamos el calendario y nos juntamos, agregame al facebook, ahí platicamos.

De vez en cuando ella actualiza su estado diciendo que está en La Ventana y te dan ganas de ponerte pantalones y llegar de imprevisto, por sorpresa, pero esperás paciente, con la ventana del chat abierto para que te salude, ojalá te salude, si supiera que le gusto le dijera hola o la invitaría a una performance o al Paseo del Carmen o a mi cuarto a ver películas o al Barbas o a Zanzíbar en una noche que no esté tan lleno.

Finalmente se desconecta y vos eructás y te desabotonás el pantalón y te dormís, esperando que al siguiente día anuncien o alguna intervención o instalación o concurso de beca o taller gratuito o presentación de publicación y poder decirle "vamos, pues". Hablemos para quedar o algo.

Te dan ganas de acribillar internet y la incertidumbre de los planes que se hacen entre cervezas.

Lugar o Before Sunrise

Es la pared de un edificio en la Calle Augusto Figueroa de Madrid. No se qué color tiene ahora. Probablemente rosada, como siempre ha sido. Es un edificio grande, con balcones en toda la fachada, balcones con barandas de hierro y detalles blancos que o son curvas o son flores o son pequeñas cabezas de ángeles. No recuerdo. En este momento es de día. Las 10 y 15 de la mañana. El café ya debe estar abierto. Gente caminando por ahí, con bolsas de compra porque se ha vuelto una calle con un montón de tiendas, un montón de restaurantes, pero ya no estamos ni vos ni yo ahí y ya no me estás dando el primer beso que me dieron en la calle, sin estar en un cuarto o en una oficina con las cortinas cerradas. Apoyados en esa pared de ese edificio fue donde nos besamos por largo rato y lo que más recuerdo es la emoción de estar en público. Tu cuerpo masculino contra el mío y la gente andando por ahí sin importarle nada. Tal vez incluso ellos se besaban. Tal vez ni nos vieron. Te lo dije. Recuerdo habértelo dicho. Esta es la primera vez que beso a alguien en la calle. Siempre he pasado escondiéndome. Estábamos borrachos. Casi siempre estoy borracho cuando beso. Y estar borracho solo me emocionaba más. Me daban ganas de agarrarte la mano y llevarte a besarnos a alguna plaza del centro o a la Gran Vía y besarte en los vagones del metro o en el restaurante donde unas viejitas atendían nuestra mesa y en vez de sacarnos se reían con (o de) nosotros y decían "cómo ha cambiado España" y ni yo ni vos somos de ahí pero sí, cómo ha cambiado.

Los lugares: los vamos dejando y desaparecemos pero por un segundo nos hacemos parte de ellos, insistentes, marcando territorio. Esa pared es nuestra, a pesar de que ni estemos juntos ni sigamos ahí. Tiene nuestro nombre, nuestro nombre imaginario y la reclamo exclusiva en mi memoria.

Por más que el ayuntamiento la mande a pintar o cubran el graffiti, la marca de mi espalda mientras me besabas, tus manos apretando mis nalgas y raspándose en el concreto, eso lo dejamos impreso. En un material más fuerte que la pintura, en una sustancia más duradera que la tinta. Lo dejamos escrito en el mapa de la memoria de esta calle, que tiene tanto que recordar, pero qué suerte que nos tiene a todos los que pasamos por ella para ayudarle.

Nada se pierde mientras se siga pensando. Nada se pierde mientras se siga escribiendo.