jueves, 16 de octubre de 2014

Autorizado

nos vamos a dejar de ver por un rato,
verás, estoy enfermo.
quisiera poder contarte detalles pero no;
no es prudente. si me conectan a una máquina te aviso;
a vos te dejé autorizado para que me desconectaras.

Aquí en la hamaca

No amaneció, se quedó la noche y el reloj ya dice que son las 8 de la mañana. Por fin el cambio climático nos llegó del todo y vos estornudás porque te ha dado gripe, gripe bonita de fin del mundo. Te voy a extrañar, te digo, aquí en la hamaca cuando ya no estés. Callate, me decís, no me voy todavía; el mundo necesita chistes cáusticos como los míos y tener a alguien a quien culpar de los políticos corruptos. Recuerdo tus libros, tus libreras; la juguetera que llenaste con recuerdos de las bodas de todos tus amigos. El matrimonio igualitario jamás llegó a El Salvador, me decís llorando, mientras tus lacrimales se llenan de resequedad y me leés un poema de un poeta vivo.

Leeme de los muertos, amor, los muertos saben más; a los muertos ya se los llevó la corriente, el mar, la tierra, el tiempo, la lluvia.

Extrañar

Sediento me bajo del autobús en la frontera con Guatemala y me compro dos pupusas para llevarte de desayuno. En la ciudad nos encontramos y caminamos en el Paseo de la Reforma y te cuento del temblor, del muerto en San Miguel, de la Pilsener en el mar. Me gusta que me contés historias de tu país, me decís, como si San Salvador fuera tan diferente a Guatemala.

Solo cambiamos un poco, canche, rubiecito de mi vida, ojos claros, chapín maldito que me enamoraste.

Me subo al bus de vuelta y en la frontera esta vez no compro pupusas; compro chicles. Ya pasados, me mandás un mensaje, que si estaba bien; que habías leído en Twitter que habían balaceado un bus que iba para El Salvador en la carretera.

No, tranquilo; me tenés para rato. Y comienzo a ver los anuncios y ya son para Pilsener y no para Gallo y te extraño, canche, te extraño ojos claros.


Algún día vamos a abrazarnos en Tel Aviv, y vamos a pretender que nada de esto pasó.

Pero abrazados no hace frío, no se extrañan las postales ni los vasos transparentes con el té negro que me trajiste de Estambul. Las Naciones Unidas aceptaron a Palestina como observador y me dijiste que soñabas con ver Belén de noche y a los niños corriendo tirando piedras a israelíes. Sos loco, querés estar en el medio de una guerra y las guerras no salvan a nadie. No querías el frío pero querías la sensación del calor de estar abrazados. Nos hacía falta el imán de refrigerador con el domo de Berlín y las bicicletas que nos robamos en el Malecón de La Habana. Nos gustaba el apartamento vacío pero nos faltaban frazadas y telas para colgar en las ventanas y que el sol dejara de cegarnos al mediodía. Nos faltaba la comida y el vino pero brindamos con las lenguas adentro de nuestra boca. Nos hacía hambre el corazón pero lo ignoramos con historias que nos pasaron en el sur de Chile y en el Norte de Nunavut. -Nunca has ido a Nunavut- me dijiste y cuestioné la puntuación de tu diálogo, absurdo, absurdos los dos, románticos perdidos en la historia de un trabajador de cubículo. Me abrazaste más fuerte y nos hicimos polvo con el punto final.

El mundo se hizo más pequeño cuando me dijiste, sentado, que me parara  y te mostrara las heridas. Sangrás, me dijiste; lo veo debajo de tu camisa. Me levanté la camisa y la panza que me hace incómodo con todos los demás rebotó natural frente a vos, y besaste mi ombligo, sucio y oloroso, y mis heridas que brotaban sangre como saliva de una boca ansiosa. La empezaste a besar; yo te quise detener porque me daba miedo pasarte todo, lo que tenía y lo que pensaba tener; pero vos me dijiste que no importaba-si morimos, morimos juntos, como Kate Winslet y Leonardo DiCaprio en Titanic.

-Él se murió nada más, ella no, te digo;
vos te carcajeás y me mordés los pelos, subís más la camisa y luego los pezones.

Nuestra cama se hizo tan pequeña como una puerta de madera en el hielo del Norte Atlántico pero nos balanceamos felices, sobreviviendo, viejos y gordos, eructando pasta y pastel de queso.

Ninguno de los dos pasó frío esa noche.

lunes, 13 de octubre de 2014

Plaza de las Comendadoras


Buscaba ansiosamente la Plaza de las Comendadoras, el problema era que no tenía ni teléfono ni mapa en la mano para poder buscarla y me encontraba entre la calle La Palma pero más cerca de Desamparo que de la Plaza de España. Me puse triste y mis amigos caminaban cada vez con menos ganas y señalaban cualquier terraza, cualquier patiecito para tomarnos las cañas y yo no quería, yo no quería quedarme en esa plaza o en esa calle o en ese callejón; yo quería ese lugar al que me iba las tardes del verano a tomar una Coca-Cola o a fumarme un cigarro o a pretender que escribía, yo quería sentarme en esa mesa de nuevo como cuando mi novio me dejó plantado y me escribió un mensaje que no llegaría, que mejor lo dejáramos tranquilo. En ese momento dije me voy a unir a este convento y de ahí nadie me saca.
Pasamos por el Conde Duque y yo estaba convencido de que andábamos cerca, demasiado cerca, porfa vamos a la Plaza y mi amigo que vivía en Madrid en ese momento me dijo "Estás loco aquí no hay una plaza que se llame así" y yo me agité y me rendí y nos sentamos en el primer bar que vimos y en ese bar no me cortó mi novio en ese bar no me ligué a un andaluz en ese bar no soñé con ser monja ni monje y la cerveza estaba tibia y la Plaza de las Comendadoras estaba tan cerca y mis pies se pusieron tristes, llorones, como es típico de los pies en invierno.