Es el destello de un sol en tus ojos, es lo imposible de ver a través de la luz encendida. Es el olor a tierra mojada de la grama recién regada, es lo dulce de las galletas que recojo de tu lengua dormida. Me como la tierra de un hormiguero, mastico el vidrio de la ventana para respirar el viento. Es el cordón umbilical de un bebé con los ojos azules, son los ojos azules de la señora que te vende el pan. Es la misma historia de siempre: la de dos ojos que sonríen más que los labios, el sonido de la canción con cuerdas de violín con sabor a boniato y yuca frita. Me como tus palabras, y en los dientes se me quedan atrapados trozos de tu lengua, en el pelo un montón de canas comienzan a nacer como el musgo en el tronco de los árboles. El tiempo pasa, la gente pasa, camina sobre mí, el asiento se dobla hacia adelante y la presión nos tiene en una montaña rusa en el asfalto de la pista. Dibujo con las manos en el aire el montón de ciudades, el paseo Escalón lleno de edificios y la gente caminando después de las fiestas hacia los puestos de taco, de pollo frito, de pupusas con el queso quemado. Es el olor al aceite. Son los pasos de borrachos que se tropiezan en los adoquines recién colocados en las aceras. Veo hacia los lados y ahí están durmiendo todos los aviones: los motores encendidos como si fueran lenguas de perros expuestas al sol, día de calor. Comienza el movimiento y es la velocidad, es el corazón acelerado, es tu voz que se me pega a las orejas con la dulzura de la melcocha, la suavidad del algodón.
Finalmente despego, esperanzado, el Pacífico bajo mis pies y sobre mi cabeza un cielo grande, espeso, hecho de madera.
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jueves, 24 de noviembre de 2011
martes, 6 de septiembre de 2011
Lugar o Before Sunrise
Es la pared de un edificio en la Calle Augusto Figueroa de Madrid. No se qué color tiene ahora. Probablemente rosada, como siempre ha sido. Es un edificio grande, con balcones en toda la fachada, balcones con barandas de hierro y detalles blancos que o son curvas o son flores o son pequeñas cabezas de ángeles. No recuerdo. En este momento es de día. Las 10 y 15 de la mañana. El café ya debe estar abierto. Gente caminando por ahí, con bolsas de compra porque se ha vuelto una calle con un montón de tiendas, un montón de restaurantes, pero ya no estamos ni vos ni yo ahí y ya no me estás dando el primer beso que me dieron en la calle, sin estar en un cuarto o en una oficina con las cortinas cerradas. Apoyados en esa pared de ese edificio fue donde nos besamos por largo rato y lo que más recuerdo es la emoción de estar en público. Tu cuerpo masculino contra el mío y la gente andando por ahí sin importarle nada. Tal vez incluso ellos se besaban. Tal vez ni nos vieron. Te lo dije. Recuerdo habértelo dicho. Esta es la primera vez que beso a alguien en la calle. Siempre he pasado escondiéndome. Estábamos borrachos. Casi siempre estoy borracho cuando beso. Y estar borracho solo me emocionaba más. Me daban ganas de agarrarte la mano y llevarte a besarnos a alguna plaza del centro o a la Gran Vía y besarte en los vagones del metro o en el restaurante donde unas viejitas atendían nuestra mesa y en vez de sacarnos se reían con (o de) nosotros y decían "cómo ha cambiado España" y ni yo ni vos somos de ahí pero sí, cómo ha cambiado.
Los lugares: los vamos dejando y desaparecemos pero por un segundo nos hacemos parte de ellos, insistentes, marcando territorio. Esa pared es nuestra, a pesar de que ni estemos juntos ni sigamos ahí. Tiene nuestro nombre, nuestro nombre imaginario y la reclamo exclusiva en mi memoria.
Por más que el ayuntamiento la mande a pintar o cubran el graffiti, la marca de mi espalda mientras me besabas, tus manos apretando mis nalgas y raspándose en el concreto, eso lo dejamos impreso. En un material más fuerte que la pintura, en una sustancia más duradera que la tinta. Lo dejamos escrito en el mapa de la memoria de esta calle, que tiene tanto que recordar, pero qué suerte que nos tiene a todos los que pasamos por ella para ayudarle.
Nada se pierde mientras se siga pensando. Nada se pierde mientras se siga escribiendo.
lunes, 5 de septiembre de 2011
Málaga:
Sos un desperdicio marino. Sabés a pescadeta frita y a camarones rebozados en pan viejo y me dejás aceite aceitoso en el labio, con resaca de tu cerveza barata y tus paseos llenos de palmeras meneándose huevonas con el viento caliente de tu mar que ni está aquí ni está allá. Te aferrás inútilmente a la memoria de alguien que nació en vos pero se fue tan pronto como pudo y jamás te vio como algo digno, porque no, Málaga, no sos nada digno. Estás a un paso del Puerto de La Libertad y de una fea, ridícula Habana. Me das asco en el recuerdo porque en tus esquinas no encontré nada y me sentaba en tus mesas estilo fiesta patronal y veía pasar a los turistas rojos y gordos, con bolsas canguro llenas con sus pasaportes y billetes de euros de 50 y eructando la tortilla de patata con chorizo. Te deberían de hundir y armar una playa vírgen, bonita, de los restos de la arena que construiría el final de tus edificios. Ya tuviste tu oportunidad, Málaga, y la desperdiciaste. Qué más podías hacer. Nadie te quiso nunca y nadie te va a querer. Prefiero vivir en San Salvador que vivir en vos, y eso dice mucho.
Te voy a freír en aceite asqueroso y te voy a alimentar a un perro hambriento. De algo vas a servir.
viernes, 22 de julio de 2011
¿Es la ley del "Crimen del Sexo en Grupo" una ley obsoleta?
Por Ming HaoyueLa socióloga Li Yinhe, conocida por su promoción de los "derechos sexuales", se ha vuelto de nuevo punto de atención pública con un artículo que apareció en su blog el 3 de marzo.Li escribió sobre el "Crimen del Sexo en Grupo" en la ley criminal China y cómo este está tan obsoleto que debería abolirse. Mientras que Internet se encendía con el debate, 22 personas incluyendo un profesor asociado eran acusados con el crimen y estaban siendo juzgados en Naijing.Encuentro muy difícil estar de acuerdo con la sugerencia de Li. Ella ha listado las siguientes razones para abolir el crimen:Primero, abolir el crimen no es animar al sexo grupal.Segundo, una ley basada en el estilo de vida de algunos ciudadanos no debería ser utilizada para castigar el estilo de vida de otros.Tercero, tales cargos criminales son raramente observados en la vida social contemporánea.Cuarto, las leyes, especialmente las criminales, no deberían lidiar con asuntos morales.Quinto, abolir este crimen tiene otra importancia, eso es, prevenir la recurrencia del entrampamiento de los derechos de los ciudadanos que tomó lugar durante la "Revolución Cultural".No encuentro estas razones válidas.Primero, si no hay ley que prohíba el sexo grupal, ¿cómo prevenimos que vuelva a pasar? No necesitamos ni animar ni tolerar tal comportamiento.Segundo, quien sea que cometa un crimen debe ser castigado por la ley; de la misma manera, alguien que participe en sexo grupal debe ser castigado por la ley. Aquellos que no participen no serán castigados pues no toman parte en la actividad.El argumento de Li que una ley basada en el estilo de vida de unos no pueda ser utilizada para castigar el estilo de vida de otros es confuso. Castigar el sexo grupal ofrecerá protección efectiva para la abrumante mayoría que está en contra de la práctica.Tercero, que la ley sea aplicada con poca frecuencia no quiere decir que el sexo en grupo no existe, y que el cargo criminal ya no sea válido.Cuarto, en cuanto concierne a los individuos, el sexo en grupo es un comportamiento decadente que surge de la búsqueda sexual natural de la gente. Sin embargo, desde un punto de vista público, reta la moral social y afecta el orden normal de la sociedad, lastimando así el deseo del público en general de buscar los buenos comportamientos.Quinto, hay una diferencia entre el castigo al sexo en grupo y el entrampar derechos ciudadanos.Creo que la ambición es parte de la naturaleza humana y varias leyes son establecidas para limitar esa ambición. Imaginemos, si todo el mundo se guiara por su deseo y pudiera hacer todo lo que desee, ¿no se hundiría el mundo en un caos total?Lo mismo sucede con la actividad sexual humana. Indulgencias caóticas alimentan otros demonios. Mientras sigan ocurriendo dichos comportamientos, la ley del sexo en grupo no será una ley obsoleta.
Tomado de metrobeijing, edición de abril 2010 que encontré entre un montón de papeles mientras limpiaba. Quise ocuparlo para limpiar mis espejos, pero decidí guardarlo pues siento que en él tengo un tesoro del absurdo.
Mirada en Skytrain
Skytrain de Bangkok. Hora pico. El tren está lleno de turistas, oficinistas y con mi cuerpo cansado de andar caminando por Sukhumvit. Frente a mí van unas señoras que parecen trabajar juntas, porque usan el mismo uniforme. Unos chalecos azules con faldas del mismo color y camisas rosadas, ajadas por el día. Una de ellas, grotescamente maquillada (por grotesca quiero decir un montón de base, colores fuertes de pinta labios y sombras) me sonríe. Yo le sonrío. Me comienza a hablar y yo me quito los audífonos. Su inglés es problemático, pero nos comunicamos bien. No recuerdo muy bien lo que conversamos. Seguramente de dónde era yo y qué andaba haciendo en Tailandia. Me contaba cosas de la ciudad y del tren, o de los destinos y los barrios. Que si ya había ido al Gran Palacio. Que si iba a ir a alguna otra ciudad, a las playas (con este calor, ¿cómo no?). Durante una pausa más o menos larga, yo volví a ver hacia el suelo. La señora usaba medias. Noté que tenían agujeros en sus dedos, apretados por sus zapatos negros que mostraban su edad. Volví a ver hacia arriba y le sonreí, para seguir la conversación. Pero me apartó la mirada con vergüenza y se unió a la conversación de sus compañeras de trabajo. Nunca voy a olvidar esa mirada. La puedo ver ahora mismo. Puedo sentir lo que sentí, porque yo también sentí vergüenza. Quería decirle que no le había visto los pies para criticar, o explicarle que no importaba. Pero no se qué pensó ella. Le dio pena. O simplemente pensó que yo era uno de esos superficiales que iba a pensar menos de ella por sus medias rotas. No se. Pero no me volvió a hablar. No se si me bajé antes yo o se bajó antes ella, porque la vergüenza y la incomodidad volvió todo borroso. No recuerdo mucho más de ese viaje en el Skytrain, pero sí que recuerdo esa mirada. Tanto o más como recuerdo el Gran Palacio o las playas.
lunes, 20 de junio de 2011
Tiergarten
Caminemos en el Tiergarten: me agarrás de la mano, pisamos la nieve y quedan nuestras marcas, del tamaño de nuestros zapatos, también por qué no, con las manos. Vos te quedás lejos, te perdés entre los árboles y yo te busco con mi cámara. Vos corrés a ver la foto, vos tomás la cámara, yo me voy hacia el monumento y vos tomás otra foto. Nos besamos, de repente, enfrente de los turistas: aquí a nadie le importa. Una señora pasa con un abrigo rojo, grande, con el pelo rojo, grande, gigante. Vos te reís y yo también. Le tomamos una foto. Como para película de Almodóvar, me decís. Y yo, viéndote: alemán, rubio, gigante, adorable, con pantalón rojo y camisa blanca, como si fueras de otra tierra, hecho de otro material: roca, aluminio o metal. Yo, de adobe, yuca o plátano.
Caminemos en el Tiergarten, trópico y boreal, como si fuera nuestra rutina hacerlo. Como si este parque estuviera cerca de nuestra casa y juntos, juntos vivimos por aquí. Nos encontramos cerca de la estación del metro después del trabajo y compramos un sorbete, o vos una salchicha, y me encanta verte engordar. Te abrazo y me abrazás, juntos, la gente, la nieve, el ángel, la puerta allá a la distancia. Dentro de muy poco, ya estamos en el parque. Lo caminamos entero, lo cruzamos entero: llegamos a nuestro barrio, al de nuestros bares y cervezas. Por ratos yo me adelanto, por ratos vos te adelantás. Pero siempre nos alcanzamos, siempre nos agarramos la mano y somos cursilería andando. Estamos tan sonrientes y tontos y todo se lo debemos a este parque, a este parque helado y feliz. Berlín, mi amor.
¿Me acompañarías a caminar por el Tiergarten?
no importa si está lloviendo,
vamos a llegar al otro lado de la ciudad.
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Escuche: Tiergarten-Rufus Wainwright
sábado, 18 de junio de 2011
Poses
-Qué bonito apartamento, te digo en Sevilla, con mi acento alterado por vivir en España, con mis vocablos adaptados a los tuyos.
-Gracias.
Me das una copa de vino y comienza a sonar una canción que me resulta familiar.
-Eso es Rufus Wainwright.
Sí, me decís, y te sentás a la par mía. Te acabo de conocer en la calle y me invitaste a subir. Es de noche cerca de la Alameda de Hércules y acabo de estar en la casa de otro hombre, y cuando te vi caminar lo pensé mucho pero al final me resultaste demasiado como para decirte que no.
-¿Y qué haces aquí?
Te comienzo a contar toda la historia que ya he repetido tantas veces y que en realidad, no sirve de nada. Tomo más vino y me tranquilizo, espero que mi erección reaccione y comenzamos a besarnos, supongo.
Digo supongo porque no me acuerdo muy bien de lo que pasó después. Sinceramente, no me acuerdo ni de cómo sos ni de cómo te llamás. No se si seguís viviendo en ese apartamento tan bonito unas calles adelante de la Alameda, en las que el verano de Andalucía me abrazó con tanto sexo y alcohol.
-Me tengo que ir, te dije (supongo) al terminar.
-Bueno, ha sido un gusto, me dijiste (supongo) cuando me abriste la puerta.
Caminé hacia mi hostal y recorrí las calles de la ciudad en silencio, con calor, en pantalones cortos. Como te dije, no recuerdo ni tu cara, ni tu cuerpo, ni qué hicimos, ni cuánto duró, ni el tamaño de tu pene o la consistencia de tus nalgas.
Pero sí me acuerdo del piso de madera de tu apartamento, de tus carteles de París en las paredes y de que sonaba Poses de Rufus Wainwright. Y claro, esas son las cosas que vale la pena recordar.
miércoles, 15 de junio de 2011
Vuelo perfecto
Todo va a estar bien. En el aeropuerto va a haber un montón de niebla (porque así es siempre en el aeropuerto de San Francisco) pero los vuelos van a despegar normalmente. Los pilotos que despegan de este aeropuerto están perfectamente acostumbrados al clima. Los pasajeros se van a subir con sonrisas y maletas. El olor a Pollo Campero es para los vuelos en dirección contraria, así que el olor será a ropa nueva, a maletas nuevas, a detergente Downy. Después de unos segundos en la niebla el avión va a despegar y va a haber luz. Mucha luz. La bahía va a estar coloreada por el blanco y de repente, algunos agujeros y desde ahí van a poder ver Twin Peaks y sus antenas. El Golden Gate en burbujas de nubes. El ascenso tomará poco tiempo. El Airbus 321 funcionará perfectamente y los flaps se retraerán. La ruta normal, el tiempo normal. Alguna película de Hollywood y algunos anuncios de tarjetas de crédito y cadenas de hoteles. Ustedes van a estar nerviosas, pero no se preocupen, todo va a salir bien.
Vamos a manejar en la carretera. Todo va a ser normal. Otro viaje al aeropuerto de media hora. Su avión va a estar aterrizando mientras nosotros nos acercamos al aeropuerto. Nos vamos a parquear justo en el momento en que el avión toca el suelo. ¡El Pacífico salvadoreño, desde la ventana! Luego, palmeras. Luego, arbustos. Luego, el asfalto de la pista y las palabras EL SALVADOR. Aterrizaje/parqueo simultáneo. La vamos a esperar un rato y luego va a salir.
Un vuelo normal. Un vuelo perfecto, como el de cualquier otro día. Excepto que en este vienen ustedes.
¡Hola! Les vamos a decir. ¿Cómo estuvo el vuelo? Tranquilo, hijo, tranquilo.
sábado, 11 de junio de 2011
La Plaza del Comercio o adonde nació nuestro amor por Lisboa
Está nublada Lisboa y estamos caminando, vos abrigo amarillo, yo abrigo blanco profundo. De la mano no vamos, no nos amamos (ni por casualidad ni con rabia). No te dejo engañarme y vos no te dejás besar. Sabés todas las historias y yo se tu estatura en pies, centímetros y en pulgadas. Te cuento tontas tonterías y vos reís tontamente, siguiendo la pista de las palabras. Los adoquines son de algodón o de azúcar y nos marean las olas del río. No hay nada más allá de estas paredes y estamos encerrados en la Plaza de Comercio. Damos vueltas y ahí es donde cambia el día: a veces hay sol y nos bronceamos, a veces está nublado y nos cubrimos abrazados de la lluvia. A veces, de noche, dormimos; el río se mueve pero no nos deja salir hacia ningún lado. Ni vos ni yo sabemos nadar. Ni vos ni yo sabemos botar paredes. En la estatua nos montamos y tomamos fotografías estúpidas. Fingimos ser reinas y reyes y nos desnudamos para pasar el calor. ¡Reyes y Reinas desnudas, sí como no! Tomamos fotografías y las vemos y las colgamos en lazos improvisados de una punta de la plaza hasta la otra. Decoramos el lugar cual feria y bailamos algunas canciones de fado, aunque yo ya te dije: a mí no me gusta el fado. No te gusta nada, me decís. A mí me gusta Lisboa y me gusta Lisboa con vos. Aunque para nosotros Lisboa solo sea esta plaza, solo sea esta estatua, este río que ni nos traga ni nos salva.
Contentos estamos encerrados por años y nos quedamos dormidos. Despertamos y la Plaza de Comercio sigue ahí, con nosotros, para nosotros.
miércoles, 8 de junio de 2011
lunes, 6 de junio de 2011
Piazza New York Catcher
Aquí comienzan las bodegas de San Francisco. Aquí comienzan las calles grandes y terminan los barrios. Aquí solo quedamos la bahía y yo. Aquí, con calor, me sudan las axilas y se me hacen marcas visibles en mi camisa. Cierro los brazos y abro los ojos hacia las Avenues y las Streets y lo que cuesta mantener la mente despierta. Aquí terminan las personas y comienzan los sin casa. Aquí los trenes se detienen y nadie se sube ni nadie se baja. Aquí el tráfico está bajo tierra o en puentes. Aquí, lejos del Embarcadero y de Market, lejos de la China y las locas de la Castro. Aquí estoy solo y podría estar en ningún lugar y en todos a la vez. Aquí las paredes son cemento, como son en todas partes (excepto, cuando son de adobe, de ramas, de metal). Aquí me abrazo a mi pasaporte y agradezco a los viajes. Aquí no extraño ni una de las camas en las que he dormido ni una de las bocas que he besado. Aquí no me dan ganas ni de una cerveza ni de comida. Aquí no siento hambre ni sed y la voz se me hace fuerte, doble. Aquí se acabó la ciudad y comenzó el territorio independiente de los espacios no reclamados. Aquí en las aceras los chicles no se pegan a los zapatos. Aquí, es condado desierto, enclave olvidado, mercado sumergido. Aquí nos tomamos fotos y detrás de nosotros la ciudad es fantasma. Aquí nos subimos a buses y tardamos horas en llegar a algún lugar con personas. Aquí los buses los conducen perros o gatos o monos entrenados para el trabajo. Aquí en la mochila no siento peso. Aquí, en San Francisco o como se llame, lejos de la Misión y lejos de Berkeley, del Teatro Griego y de los saunas, aquí me toco el cuerpo para saber que sigue ahí y que no estoy parado en el vacío, en el aire, en el lugar sin nombre o sin denominación de origen. Hago demonio las miradas, miro con ganas el agua y me invento excusas para tirarme. Aquí la ciudad dejó de ser ciudad y se quedó en metros cuadrados. Aquí no logro descifrar las direcciones ni el norte ni el sur ni el este ni el oeste y simplemente me quedo quieto viendo a la distancia. Aquí la distancia se hace corta y no queda más que intentar avanzar, pero avanzar aquí es imposible. Aquí murió todo lugar y todo nombre. Aquí se te olvidó la medida de tus pies y la talla de tus camisetas. Aquí no hay estatuas. Aquí solo estás vos y lo que todavía te queda por escribir.
domingo, 5 de junio de 2011
Juanes
Llueve cerca del castillo de Praga y vos y tus ojos grises me hacen compañía. Las puntas de las torres están lejos y cubiertas por la niebla y nos estamos cansando de esperar a que pase el agua. Nos comemos algo, alguna galleta, alguna plática o alguna conversación, alguna palabra y vemos a los turistas pasar delante de nosotros con sombrillas (vos les decís paraguas) hacia el castillo y no se de qué hablamos, me cuesta recordar las palabras, pero estamos lejos, andamos solos, no nos soportamos, estamos teniendo problemas y de repente un mes enfrente en el que vamos a andar juntos, todo el tiempo juntos, con tus dedos que huelen a nalgas, tus pantalones cortos que me ponen los nervios de punta, con mi pelo horrible con restos de gel, con las manchas debajo de mis ojos que vos decís que me hacen ver feo, con mis pantalones orinados, con la cerveza barata, con los robos de postales.
Hay momentos y lugares que se quedan ahí, como ladrillos o cemento, pero no recordás por qué son importantes. Pero vos y yo estuvimos esperando a que pasara la lluvia en una banca en una cueva cerca del castillo de Praga y en la noche nos dormimos en un cuarto compartido y dormimos tan lejos, aliviados que ahí no llovía, aliviados porque no teníamos que fingir que no tener de que hablar era algo incómodo, algo inusual, algo que nos cubría el cuerpo de grasa de salchichas o de espuma de cerveza o de tinta de tatuajes. Fin, o continuación, o hasta que la mañana nos despierte con el hálito de la madrugada.
sábado, 4 de junio de 2011
Hay un lugar en el mundo que se llama Uyuni
Y es el punto de partida para visitar los salares (salt flats) más grandes del mundo, y el tour es cansado y toma dos días, la temperatura en la noche es cerca de -20 grados, los hoteles están construidos con paredes de sal y si uno tiene suerte puede estar y ver el lugar así:

Solo una planicie de sal cubierta por agua, solo un montón de frío, solo el aire. Planeo estar ahí en Octubre y les voy a contar. Ojalá yo sea el de la foto algún día.
lunes, 30 de mayo de 2011
Beautiful Mother
bayunco,
parto helado,
bicho tullido,
pasmado,
tunca, cerda,
te amo Miguelito,
iglesia,
vestido,
floreado,
agua helada y/o tibia,
pan dulce a las 4:00 p.m.
qué rica esta pizza,
vamos a echarnos un café,
qué barbaridad,
jodida pero contenta,
cómo amaneció, cómo siguió, cómo estás,
Pienso en mi mamá, apúrese y venga ya.
Me acuerdo que de pequeño me gustaba ver una foto de mi mamá cada vez que se iba de viaje. La veía todas las noches porque tenía miedo de que se me olvidara su cara. Había una foto en su cuarto, creo que puesta en la esquina de un marco de una pintura, y yo me subía a una zapatera (mueble para guardar zapatos) para verla de cerca. Quizás hasta hacía el gesto dramático de besarla. Me acuerdo de hablar con ella por teléfono y llorarle y llorarle "mamá véngase ya, mamá véngase ya" y ella lloraba también. Pobrecita no podía ni agarrar el teléfono. Me acuerdo de patalear como loco cuando se fue para Cuba. Se iba un mes. Nos dejó con una señora cubana para que nos cuidara y yo gritaba y gritaba. También me acuerdo cuando se fue a México. Me trajo unos carritos de juguete y me dijo que le habían costado "miles de pesos". Decía que allá todo valía miles de pesos. Se fue un montón de veces a Estados Unidos. No me gusta imaginarla en un avión porque a ella le da tanto miedo volar como a mí. De hecho, ella me lo heredó o me lo contagió porque las primeras veces que viajé fueron con ella y ella me decía que le daba miedo y sudaba de las manos y cada vez que el avión temblaba me abrazaba con gritos. Una vez, de San José a La Habana, el avión dio un gran bajón no te imaginás toda la comida salió volando y yo pegué el gran grito ¡Sangre de Cristo! y tu papá me puteó y me dijo que me callara. Él decía siempre que uno ya montado en el avión no podía hacer nada así que iba tranquilo. También le ayudaba emborracharse. Pero yo no tomo hijo.
O bueno, a veces vodka.
O a veces kahlúa (licor de viejitas),
Seguro Social,
naranjas y mangos,
los aguacates han estado desabridos,
estoy cociendo frijoles,
te voy a hacer vegetales,
vos solo monte comés,
si vos nunca me venís a ver,
pasaporte viejo,
foto bonita,
sonrisa de cachete,
pienso en mi mamá, la extraño y me acuerdo perfectamente de su cara.
domingo, 29 de mayo de 2011
This City is a Work in Progress
Era una sensación extraña, como si todo estuviera en pausa, como si todos sabían que algo mejor venía y simplemente seguían viviendo solamente con la idea de que las cosas iban a cambiar. Pudo ser toda la construcción, los andamios y el polvo en las calles, lo difícil que fue encontrar un restaurante abierto o los supermercados que más bien eran bodegas de almacenamiento. Puede ser que era una ciudad en la que prácticamente nadie hablaba inglés, y por primera vez en China me sentí realmente en China. Pekín era como un paquín del país: pintoresco cuando debía serlo, progresista y primer mundo cuando también. Todo estaba salvaguardado para los turistas: menús en inglés y con fotografías, el metro en alfabeto romanizado.
Datong, sin embargo, no existía para nadie más que para sí misma. Fui ahí por unas grutas centenarias (según la autoridad de turismo Wikipedia) en las que laboriosos datongneses habían esculpido estatuas de Buda en cientos de poses, pero más que todo la misma repetida. Más interesante que las grutas, sin embargo, fue esta ciudad en obras contínuas. Las calles eran de repente pequeñas y luego grandes, cientos (yo conté cientos) de edificios construidos pero no habitados, como perros abandonados esperando familia. Podía ver su cara triste, lo juro. La cara triste de los edificios. Gente caminando con dificultad en el polvo de invierno, un centro ('histórico') abandonado y casi tan deprimente como el de San Salvador; agujeros en las calles que hacían saltar el taxi y mi vejiga (estómago vacío) en vaivenes preocupantes. Una estación de tren semi vacía, con una ventanilla dedicada a turistas extranjeros: el único lugar en el que hablaban inglés. Tuve que pedir que me anotaran la dirección de mi hotel en mandarín y salí a la calle a entregarle el papel a un taxista. La recorrimos y pude ver el gran botón de pausa brillando sobre toda la ciudad. Me imaginé algún discurso del alcalde diciéndoles a todos que el progreso venía. Viene, certero. China es la nueva gran potencia. Nosotros somos la nueva potencia. Y a mí me encantó estar en ese momento, porque se que si regreso en unos años las calles van a estar reparadas: los edificios van a estar habitados y sonrientes: los restaurantes van a tener menú en inglés: Datong ya no va a ser Datong.
Datong, sin embargo, no existía para nadie más que para sí misma. Fui ahí por unas grutas centenarias (según la autoridad de turismo Wikipedia) en las que laboriosos datongneses habían esculpido estatuas de Buda en cientos de poses, pero más que todo la misma repetida. Más interesante que las grutas, sin embargo, fue esta ciudad en obras contínuas. Las calles eran de repente pequeñas y luego grandes, cientos (yo conté cientos) de edificios construidos pero no habitados, como perros abandonados esperando familia. Podía ver su cara triste, lo juro. La cara triste de los edificios. Gente caminando con dificultad en el polvo de invierno, un centro ('histórico') abandonado y casi tan deprimente como el de San Salvador; agujeros en las calles que hacían saltar el taxi y mi vejiga (estómago vacío) en vaivenes preocupantes. Una estación de tren semi vacía, con una ventanilla dedicada a turistas extranjeros: el único lugar en el que hablaban inglés. Tuve que pedir que me anotaran la dirección de mi hotel en mandarín y salí a la calle a entregarle el papel a un taxista. La recorrimos y pude ver el gran botón de pausa brillando sobre toda la ciudad. Me imaginé algún discurso del alcalde diciéndoles a todos que el progreso venía. Viene, certero. China es la nueva gran potencia. Nosotros somos la nueva potencia. Y a mí me encantó estar en ese momento, porque se que si regreso en unos años las calles van a estar reparadas: los edificios van a estar habitados y sonrientes: los restaurantes van a tener menú en inglés: Datong ya no va a ser Datong.
sábado, 28 de mayo de 2011
Mediterráneo
Te dije: pasemos a Valencia. Las señales de la carretera lo decían. Próxima salida: Valencia. Quedaba a pocos kilómetros. Te dije: busquemos un hotel baratito, quedémonos una noche, quiero conocer. Quiero ver las calles y quiero ver el Oceanario. Quiero ver el Mediterráneo desde aquí, a ver cómo es diferente, a ver cómo ha cambiado desde que salimos de Cataluña. Te dije: por favor, pasemos a Valencia. No conozco. ¿Cuándo vamos a tener esta oportunidad de nuevo? Hemos manejado cuatro horas ya. Nos falta poco. Vamos a Valencia. Está tan cerca. Mirá, allá, desde aquí la veo. Desde aquí la veo viendo al mar, al mar Mediterráneo, como recodo al camino. Nos tomamos unas cervezas y nos vamos de marcha. Nos vamos de fiesta. Mirá, deben tener bares gays interesantes. Nos vamos y dormimos en una cama cómoda. Pasemos a Valencia. Todavía tenés otra salida. ¿Te imaginás? Siempre vamos a contar la historia de cuando regresábamos de Blanes para Ciudad Real y de espontáneos, de maravillosamente espontáneos que somos, nos paramos en Valencia. Podría ser como aquella vez en la que en Bratislava yo te dije: ¡Vamos a Viena! Pero no, vos seguiste manejando. Te dije: Vamos a Valencia. Quizás tuve que haberte recordado lo divertido que lo pasamos en Viena. Lo divertido que era justo cuando no planeábamos las cosas. Cuando por ejemplo aquella vez caminamos desde una tienda y nos compramos chocolates y papas fritas y nos las devoramos enteras antes de llegar a la casa. Cómo nos quedamos en un albergue en una habitación con veinte camas y solo dormimos en una y planeamos nuestra vida juntos. En nuestra vida juntos. Pero no paraste. Seguiste manejando. Fuimos dejando Valencia y el Mediterráneo y entramos a ese desierto de La Mancha. Lo dejaste atrás. Te dije: Vamos a Valencia. Estábamos tan cerca. Pero seguiste manejando. Quinta velocidad. Valencia se quedó atrás y el Mediterráneo con las cañas, su luz y su olor, el sabor amargo del llanto eterno, que vertieron en él cien pueblos, de Algeciras a Estambul. ¿Qué le voy a hacer?
Mujer china de Datong
¿Para qué serviste, mujer china? ¿Te protegió el abrigo? Te vi pasar desde un taxi y para lo único que me serviste fue para una fotografía, para un banner de blog. ¿Quién te ha besado? ¿Tuviste hijos? ¿Conociste Pekín en uno de los trenes acorralados, barridos por viejos empurrados, en los que venden fideos en agua caliente? ¿Terminaron de botar tu casa de Datong y construyeron un edificio en su lugar, lo viste desde abajo con dolor de cuello y dolor de piernas? ¿Estás cansada de estas calles de polvo y te decidiste, por fin, mudar a Shanghai y hacerlas de vendedora de dumplings o cobrando entradas para algún Templo? ¿Has visto alguna vez a alguien moreno?
Mujer china de Datong, ¿para qué serviste? ¿Para qué naciste? Naciste para ser banner de blog, para eso naciste.
domingo, 8 de mayo de 2011
Esta entrada se titula "Orgasmo viendo mapa de México"

Tuve un orgasmo viendo un mapa de México, logré leer las ciudades y vi las fronteras. También vi los Estados Unidos de América y el Centro del Continente y vi tu cara y tus ojos. En un mapa arrastré mi mano y quise arrancarlo de la pared. Prefiero este momento al momento de las sábanas o este lugar al lugar de las bocas. Hago puño mi mano y presiono con mi cara la tuya y siento que te puedo tragar, entero, a trozos, te muevo, soy tan fuerte. Adiviné la tipografía y recordé el Zócalo y la bandera y el templo y las palabras de los conquistadores que me hicieron llorar. Mi semen se dibujó como mapas en tu pecho y lo limpié con mi mano. Destrocé las ciudades, los pueblos, las capitales, el mundo. Me abrazaste y sentiste mi pecho reventando. Sentí que se me acababa el aire en los pulmones y cerré los ojos y pude distinguir los adoquines de la Calle Moneda que me veían con sus ojos de lluvia reciente, de zapatos de cuero y chilangos que se besan frente al Ángel. Se me durmió la mano. Se hicieron calambre los pies. En tu cara pude ver que vos también estuviste ahí.
Nunca vi Versalles
¿Sabés? Nunca vi Versalles, nunca fui. Las muestras de impotencia, imponentes, los muros viejos y dorados y la gente con la boca abierta. Una sonrisa o dos y bienvenidos, Eurodisney, eurotrash. Nunca vi Versalles, nunca fui, nunca sonreí en una fotografía con el palacio (castillo, edificio, montón de ladrillos) detrás y nunca sentí frío ni calor ni clima primavera ni clima de otoño, nunca vi Versalles, nunca fui. Lo agrego a la lista de lugares que no vi, que nunca voy a ver: Las Vegas, tu ingle, Toronto, Damasco. ¿Sabés? Solo lo quiero ver en fotografías. Recordar y hacer (cuenta y caso) de que ya estuve ahí. Qué bonito fue caminar por esos pasillos. Qué bonito fue Ver Versalles.
martes, 3 de mayo de 2011
I've seen it all
Me mareo al ver las letras, los mapas, las fotos. Tanta montaña, nevada, el camino, los perros. Me mareo al ver lo que va a pasar, lo que ha pasado, adónde estuve, adónde voy a estar. Probablemente no sea una buena idea. Nunca nada de lo que he hecho ha sido una buena idea. Pero quedarme en un solo lugar me espanta. Y el tiempo para moverme se me va acabando con cada año que pasa, cada vez me puedo mover menos. Y me quiero acabar el mundo. Quiero quedarme cansado y con todos los mapas impresos en el pecho, con todas las ciudades apretadas en mi boca, con todos los paisajes hundidos en la carne y en las úlceras de mi estómago. Hay una canción de la película "Bailando en la Oscuridad" que se llama "Lo he visto todo". La protagonista se sacrifica y no le importa perder la visión, porque ella dice que ya lo vio todo. Cataratas: qué más da. Agua es agua. Murallas: qué importa, son ladrillos. Yo siento totalmente lo opuesto a ella. Yo no he visto todo. Quiero ver toda el agua y todas las murallas. Quiero la isla y el desierto. Al menos quiero intentarlo. Pronto todo esto se va a acabar, sospecho. Pronto todo va a dejarme en un solo lugar. Antes de eso, quiero decir que abusé y vi todo lo que pude. No lo he visto todo. Todavía no, ni por cerca, en lo absoluto.
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