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viernes, 30 de septiembre de 2011
miércoles, 21 de septiembre de 2011
Yo estaba enamorado de una banda
Y la banda me dejó. R.E.M. se separa, pero no me separan de sus discos, que los tengo todos, en archivos MP3 (porque quién tiene ahora de los discos redondos esos) y los escucho cada vez que quiero, movido por lo mismo que me movió después de la primera vez que los escuché, cuando solo eran un par de canciones conocidas, o cuando una sola canción me provocó bajar toda su música y descubrir en ellos un identificador sonoro, una forma de interpretar mi vida en las guitarras y las letras oscuras o incrementalmente románticas de Stipe. Aquí, en mi computadora, en reproductores MP3 pero sobre todo en mi cabeza, quedan las canciones y el sonido de su música. Cierro los ojos y puedo escuchar perfectamente el piano de algunas canciones, las voces y los coros de otras, las versiones en vivo de las que más me gustan.
Por mucho tiempo he escrito sobre esta banda y lo que significan para mí. Pero lo voy a dejar de hacer. Se quedarán conmigo, guardados, los voy a convertir en memoria cerrada y final. Así los tengo solo para mí, y los que me leen ganan sin tener que estar aguantando oooooooooooooootra entrada sobre los movimientos rápidos del ojo.
Estaba enamorado de una banda. Me dejaron. Pero yo los sigo queriendo, como amante rechazado pero aún obsesionado, que no le dice a sus amigos que sigue atontado y pone cara de alegre pero se encierra en su cuarto, pone Hairshirt a todo volumen, y la mandolina le perfora el oído con una tristeza parecida a la alegría. Algo así como R.E.M. Algo así como su música.
sábado, 23 de julio de 2011
Laughing
Me encierro a reír, mis dientes postizos se me salen de las carcajadas y ya me río mejor con la boca vacía, solo con la lengua, temblando y rodando en el suelo. No se por qué me río ya se me olvidó pero la carcajada sigue saliendo, como si terremoto, las luces tiemblan, la ciudad se marea, las mesas se van quebrando y yo me sigo riendo, destruyendo todo, pero desde aquí, desde aquí nadie sabe que yo soy el que me estoy riendo, no fue un chiste ni una situación ni una comedia, fue reacción, como si de un virus se tratara o de un cáncer, se me fue esparciendo, de una sonrisa a la risa. En este cuarto me han acomodado las paredes y me las han afelpado, tengo mi propia cama pequeña y mi mesa de noche con los libros de Condorito y los especiales de Quino, por las noches los leo y me río para mí mismo, como si reírme me fuera a costar la vida o como si al reírme me van a sacar de aquí y me van a volver a sacar a la ciudad, con sus edificios bajos de negocios que abren y cierran con sus pasillos al aire libre que se mojan cuando azota el agua y uno no puede sonreír ni reírse porque ya mismo lo empiezan a ver, otra vez a las plazas donde carcajearse es pecado o donde sentarse de una manera o donde lo ven mal a uno por morder las bancas o agarrarle las nalgas a las niñas que venden jocotes. No quiero que me manden a las calles adonde los buses pasan tan rápido y uno no puede cruzarlas y entonces uno se tiene que subir a reír a las pasarelas pero entonces también ahí pasa gente (gente con ropa) y ya uno tiene que cerrar la boca o que me manden a los centros comerciales y ahí no tengo ni dinero ni me da risa nada y en las gradas que se quedan congeladas a medio camino y toda la gente pelando los dientes en los cines y hartándose de maíz inflado.
No yo no, yo mejor me quedo aquí adentro desde donde voy destruyendo el mundo, el país, la ciudad, la plaza, a la niña, a los jocotes, risa por risa, carcajada por carcajada, sin dientes o con ellos.
jueves, 21 de julio de 2011
Shaking Through
Una vez en un país democrático habló una pequeña voz en el salón y nadie la escuchó. Es más, la voz se apagó hasta que quedó una boca moviéndose sin ton ni son, y alguien lo notó y decidió golpear la cabeza del pobre que asumía que lo iban a escuchar. Luego, todos se reunieron a golpear su torso, a destrozar sus genitales y quebrar sus costillas con zapateos certeros. El pobre de la pequeña voz quedó temblando, como cola de lagartija sin cabeza.
Pilgrimage
Nuestros jóvenes se van, uno a uno, en el aeropuerto, porque estos jóvenes no son indocumentados normales: estos jóvenes consiguen visas, oportunidades, trabajos. Se van, porque o en Estados Unidos o en España se vive mejor, se puede ser maricón o simple libre, se puede conseguir esposo o esposa y mejorar la raza. Se van, porque se van; se trabaja más, se viaja más, se olvida a los familiares. Porque estos indocumentados tampoco mandan dinero, no; sus familias usualmente no lo necesitan y aquí en El Salvador podrían estar bien. Podrían ser pintores, escultores, economistas, banqueros u oficinistas; pero no, no quieren serlo aquí. Salen y se aburren de La Ventana, de las discotecas de Multiplaza, de la Juan Pablo si son sodomitas. Vienen contando de la Oveja Negra, o de la Castro, o de los bares de Chelsea o de las fiestas de Mardi Gras. Estos indocumentados no lo son porque lo necesiten, sino porque lo prefieren. Aquí podrían caminar en las calles, andar en autobus, pero no: quieren andar en la calle y caminar en los pasillos de los autobuses en otras ciudades. ¿Por qué, dirá? Que son más limpias, que son más bonitas, que allá en el Mediterráneo la piel se pone más blanca y uno parece menos salvadoreño. Estos jóvenes son los peregrinos modernos, de pantalones delgaditos y cinchos pequeños, de corbatas rectas y peinados irónicos; estos son los que vienen de vez en cuando de vacaciones, hablan con un acento diferente, se hartan de pupusas, se empanzan de Pilsener.
Estos peregrinos podrían quedarse, conseguir trabajo y conseguir marido o mujer o amante o que las preñen, pero no, para qué, se dicen, si me encanta cómo me quedan los abrigos y me veo divino con bufanda.
martes, 19 de julio de 2011
Sitting Still
Recuerdo a la niña de la casa de enfrente. Recuerdo que no hablaba, muda, sus gemidos favoritos eran algo parecido a "mamá" y a "papá". No recuerdo su nombre porque nunca lo pregunté, pero de qué sirve un nombre si no lo podés decir. La recuerdo en su uniforme azul caminando hacia la escuela y la recuerdo sentada, quieta, en la acera esperando a que pasara el carretón de sorbetes. A veces se lo compraba yo. Me gemía gracias y yo le tocaba la cabeza. Recuerdo los colochos de su pelo y sus dientes mordiendo la paleta de chocolate. Recuerdo verla celebrar sus cumpleaños, todos hasta el número nueve, con música que no podía oír muy bien y felicitaciones que eran movimientos de manos. Recuerdo la música fuerte y las piñatas y su sonrisa y su risa, medio tontas. Yo no se qué le había hecho mi papá a su familia pero yo nunca fui a ninguna de esas fiestas. La recuerdo sola, una vez, regresando a la casa desde el colegio. ¿Por qué la dejaban caminar sola? ¿Si cuando le hicieran algo no iba a poder gritar o pedir ayuda? Recuerdo que le gustaba la sopa de res y los domingos comía pupusas viendo el partido de sus hermanos. Recuerdo sus vestidos morados, su camisa azul y su pantalón chiquito, que enseñaba sus piernas flacas y tembleques. Recuerdo que su cuarto daba a la calle y a veces la podías ver viendo por la ventana a la gente pasar. En misa, también, la recuerdo, durmiéndose y babeando y golpeando su cabeza en el pecho cuando se despertaba de repente. Recuerdo sus gemidos cuando cantaba los himnos siguiendo con torpeza la boca de los demás. Recuerdo sus cuadernos con letras torcidas y la clase que todos los días a las cuatro de la tarde tenía con su maestra de señas, que usaba faldas largas y trapo en la cabeza. Recuerdo su cuarto, pequeño, con la ventana en la pared que daba a la calle y recuerdo su edredón de las princesas. Recuerdo que tenía un cartel de un volcán en las paredes y recuerdo que dormía tranquila cuando entré. Recuerdo taparle la boca y aún así escuchar sus gemidos inútiles. Sus piernas flacas luchaban en vano contra las mías. Recuerdo que ese día me dormí al solo poner mi cabeza en la almohada.
lunes, 11 de julio de 2011
1,000,000
No quiero ni las anginas de mi abuela ni la diabetes de mi mamá ni la presión alta de mi tía ni los problemas de pulmón de mi papá. No quiero el alcoholismo de mis abuelos o morir envenenado con gases que fumigan los campos de maíz. No quiero la embolia de mi otro tío o los paros de mi otro tío o la operación de corazón abierto de mi otro tío. No quiero la apendicitis de un amigo o los aneurismas o la bala en la cabeza del cantante camino al aeropuerto. No quiero la muerte del taxista en la Málaga el julio 11 de 2011 o la de los turistas camino a Copán en el bus de la King Quality. No quiero que le llamen a mi mamá en la madrugada para decirle que me tiré del sexto piso de mi edificio y no quiero estrellarme en el Amazonas en el avión de Copa Airlines camino a Río de Janeiro. Tampoco quiero estrellarme en los Andes, o hundirme en el Pacífico; no quiero los síndromes de inmunodeficiencia adquirida ni la gonorrea ultra poderosa resistente a los antibióticos ni la hepatitis C. No quiero ni la neumonía ni las hernias ni el cáncer de colon ni tropezarme y estrellarme con la cabeza en la bañera. No, no quiero.
Lo que quiero es vivir un millón de años y tocar guitarra y ser eterno y saltar con la música y tomarme la cerveza y reírme de la muerte en su cara y que ninguna avalancha ni alud ni talud ni desperfecto mecánico me apague el cerebro. Y encontrar una cura para la resaca.
No pido mucho.
Stumble
Escucho los tropiezos de los ladrones en el techo de la casa. Escucho cómo sus pies quiebran las tejas y sus manos empuñan sus pistolas con cuidado para no disparar por accidente. Veo a través de la ventana y reconozco sus siluetas en la oscuridad, veo el brillo de sus ojos. Caen con golpes sordos al suelo del patio central y comienzan a recorrer la casa llevándose las cosas: el televisor, algunos muebles, mi hermana se despierta y lo vemos todo a través de los pequeños espacios entre la cortina. Los vemos moverse ágiles como gatos y escuchamos hasta aquí los ronquidos de mi papá. Vemos como abren una de las puertas a la calle y comienzan a sacar todo. Mi hermana ya está llorando y yo le tapo la boca para que no haga ruido. Me caen en las manos sus lágrimas y yo me acuerdo de la pistola de mi papá y me enoja estar tan lejos de ella porque ya la hubiera agarrado y los hubiera matado a todos. Los enterraría todos en fosas comunes cerca del cementerio y disfrutaría ver los agujeros de las balas en su pecho y me lavaría las manos con su sangre a manera de ritual. Veo cómo se llevan las cosas: todas las cosas: y con cuidado cierran la puerta y han dejado toda la casa vacía. Al siguiente día desayunamos en el suelo y mi papá nos putea por no haberlo despertado. Suerte que dejaron los frijoles y las cacerolas porque si no no podríamos comer nada. A la siguiente noche los ruidos vuelven pero esta vez todos estamos dormidos. Seguramente vienen por los frijoles.
domingo, 10 de julio de 2011
Gardening at Night
Cuando me muera, enterrame en el jardín. Pedí el permiso en la alcaldía y cavá vos el hoyo con la pala que te compré con ese propósito en mente. Yo voy a marcar el espacio y el lugar. Juntos vamos a encargar la lápida y pasemos un buen rato pensando en lo que va a decir. Las letras van a ser cursivas, elegantes. A la par de la fecha de mi muerte una cruz y a la par de mi fecha de nacimiento una estrella. Cuando me terminés de cubrir en tierra esperá un par de meses a que crezca la grama. Se va ir cubriendo poco a poco como mi barba se va cubriendo de vellos con los días. Tocá mi barba. Recordá ese sentimiento. Cuando esté muerto pasá las manos sobre la grama e imaginá que es mi cara. Pronto, mi espacio será verde. Sembrá en él hortalizas. Sembrá en el algo que crezca grande y extienda sus raíces hacia adentro. Que se vayan torciendo como bejucos subterráneos y lleguen hasta mis huesos. En mi cráneo se van a enredar las raíces y los tomates van a tener el color de mis ojos, el sabor de mis pies. Recogé los frutos de noche cuando los árboles hacen sombras extrañas y que no te de miedo la sombra de mis manos que toca tu espalda. Regá también de noche, e imaginá que cuando una gota cae sobre las hojas, viaja hasta mí, hasta mi pelvis, hasta los huesos de los dedos que escriben esto mientras vos llorás borracha. Siempre hemos sido una pareja muy extraña.
sábado, 9 de julio de 2011
Carnival of Sorts (Box Cars)
Empalagan las conservas de coco del Quinto Viernes en la calle del cine. Las papas huelen a aceite y el elote loco sabe a pura salsa de tomate. La mujer de los churros es una lesbiana con corte pelo macho y ve los culos de las mujeres cuando pasan caminando hacia las sillas voladoras. Ha venido desde San Matías a poner su puesto y vende como doscientos colones al día. La he visto todos estos años y siempre la saludo con una gran sonrisa y me regala un jocote en miel.
-Vaya hijo
Se que es lesbiana porque mi papá usa la palabra marimacha para describirla y mi tío anda diciendo que se está dando a una de las niñas de la Parroquial.
-Vieja puta, con la bichita.
Yo creo, a mis 15 años, que lo que mi tío tiene es envidia. Pasamos tomando ponche y le decimos hola.
-¡Hola!
Me sonríe y es la última vez que la veo.
Mataron a la Patty, oigo que le cuenta mi mamá en voz bajita a mi abuela. Vaya mierda, dice la viejita. Este pueblo está enfermo. Enfermo crónico, escribo yo en mi libreta pequeña, llena de trozos de páginas arrancadas.
Wolves, Lower
Instalo los alambres razor. Pongo un portón de metal con puerta alta de doble llave. Las chapas las mando a cambiar cada semana. Pago el vigilante de la calle y obligo a que baje la pluma y le pregunte qué viene a hacer a cada persona que entra. Esta calle es nuestra y la vamos a defender. Pongo un cono en mi espacio de parqueo cuando yo no estoy. Compro un rótulo de "cuidado con los perros" y voy borrando los graffitis según van apareciendo. En mi jardín pongo trozos de vidrio al borde de los muros para que sangren sus manos. Guardo mi pistola debajo de mi cama, cargada. Renuevo mi licencia de armas cada vez que es necesario. La llevo en la guantera del carro y la licencia conmigo, en mi cartera. En la foto sonrío y mi nombre completo no tiene antecedentes penales. En los semáforos me quedo un poco antes de la esquina y veo los espejos retrovisores con mucho cuidado. Tomo una ruta diferente cada vez que vengo a mi casa, voy al trabajo, visito a mi mamá. Si no puedo andar la pistola cargo una navaja Swiss Army que es sorprendentemente efectiva. Miro a todos con ojos de sospecha. Creo que fue el amigo de mi hermana el que mandó a matar a mi tío. Lo veo y le leo los ojos y lo veo que es culpable. Aquí en esta ciudad todos somos lobos. Nos vamos comiendo con los dientes y el olor de la sangre nos alimenta las narices. Me encierro en mi cuarto y pongo mi cabeza en la almohada y cuento ovejas. Pero se van convirtiendo en lobos. Todos. Un lobo, dos lobos, tres lobos. Oigo que tocan a la puerta. Agarro la pistola y me persigno.
Presentando: Puños de R.E.M.
Si usted ha leído este blog o Un Raro Dúo antes, sabrá que mi obsesión con R.E.M. borda en el fanatismo religioso. Escribiendo la entrada titulada "Nightswimming", me di cuenta de que no existe grupo de rock o de música en general en el universo que me inspire más que el cuarteto de Atenas. Así que me he propuesto una tarea gigantesca: escribir una entrada con un texto de ficción sobre cada canción que el grupo jamás ha publicado en un disco. Desde "Wolves, Lower" de Chronic Town (1982) hasta "Blue" de Collapse into Now (2011).
Probablemente me tome años, porque no voy a apresurarme. Las voy a ir escribiendo según la canción se vaya revelando como fuente de inspiración.
Ya se: ya aburro con R.E.M. Pero son mis puños y hago lo que quiero con ellos.
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