Prefiero contarte con el silencio, verte al ojo derecho (el único que tenés bueno) y respirar fuerte con vos, cuando nos acostamos horizontales y vos peludo y con penura me ves, penumbra y pelo liso. Te abrazo porque solo me queda abrazarte y muerdo el lóbulo de tu oreja, constipada, taconuda, lo siento con mi pie y me rasco en él.
-Deberías de comprarte una crema para eso, un ungüento.
Y voy a la farmacia y le digo: deme una crema, un ungüento, para esas cosas que le agarran a uno por andar besando bocas extrañas, por andar pisando suelos con orín, por andar abrazando a la gente demasiado cerca, juntando los pies, bañándose en balnearios, calmando la sed con queso rayado, tratando de salvar la última noche de la semana con un condón retardante.
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martes, 4 de junio de 2013
Me queda el sabor del café en la boca. Café y luego el beso. Se siente a discoteca o a barra de bar y me sirven otra cerveza. Se acumulan los sabores del día: los huevos, los plátanos, la barra de cereal, el plátano, los frijoles, el pan, el queso, la gente, el suelo. Beso el suelo, como el papa, el suelo de esta ciudad y el beso para dos. Sírvase emocionarse por el desarrollo de estos días, por la eventualidad en la que se encuentra, por el encuentro de los cuerpos. Sírvase usted sentirse sonriente y arrepentirse de pecados, porque cuando usted se alegra se acerca el fin, así lo predijeron, así lo escribieron en Hechos los apóstoles, cuando anduvieron por el mundo evangelizando y tomando vino, el cuerpo de dios, abriendo piernas de muchachas y muchachos jóvenes y así, cristianizando, creando la vida, la palabra, la canción de Rostam, el período de mi perra.
Me humecto la cara, me pongo bonito, lo más bonito que es posible para alguien con mi cara. Me recuesto en la cama, reviso los mensajes, ya está cerca, dice, luego me río con ella, con él, con la cara que me imagino en la cama. Reviso las bolsas y llevo el dinero, el teléfono y el audífono y me pongo a oír la canción y grito la letra, como la gritaba en la discoteca y alegre, tan alegre que te pone la cerveza y luego: la sed. Y luego: la lluvia cayendo en la piel y la maleta en el carro y la gente que te ve, ellos saben a lo que viniste.
Tomás el último tren y ves los viejos en la estación y luego los trenes viejos y los rieles se van haciendo borrosos hasta que te acercás a la casa y el tren para directo a su puerta y te recibe con un ramo de petunias y vos le decís, qué petunio sos y se ríen y besan las barbas y se sientan en las gradas a hartarse de flores con queso crema mientras el tren se va, y desaparece, distanciado, él solo y sobrio.
Tomás el último tren y ves los viejos en la estación y luego los trenes viejos y los rieles se van haciendo borrosos hasta que te acercás a la casa y el tren para directo a su puerta y te recibe con un ramo de petunias y vos le decís, qué petunio sos y se ríen y besan las barbas y se sientan en las gradas a hartarse de flores con queso crema mientras el tren se va, y desaparece, distanciado, él solo y sobrio.
lunes, 3 de junio de 2013
Me descargo
Me descargo, caigo, como Alvarado o como Señora Nena, como Mamá de esquina que prepara pasteles en aceite Bonella. Me descargo, como, me trago el café a carcajadas y el de la esquina me cuenta que su nieto baila con un abanico, y que toma agua, y que come del plato del perro. Yo me agacho, hago como que orino para que la perrita vea que está bien, que así es como se caga, que así es como se mea. Aquí apesta ya a viejo, a señor de taxi, a añejo rico y tico. Me sonrojo, me pongo a escribir: se acerca el niño con el abanico y me baila enfrente. Yo le grito: ¡vade retro niño maricón! Aquí no hay espacio para tus movimientos con gracia y para tu olor a plátano frito, hervido, al último viejo que te tocó.
Me descargo, caigo, como con vodka adentro, y me pregunto: será hora de empezar a tomar güisqui: para escribir diferente, para no dormir tanto, para no estornudar sangre, para despertar con vos.
Me descargo, caigo, como con vodka adentro, y me pregunto: será hora de empezar a tomar güisqui: para escribir diferente, para no dormir tanto, para no estornudar sangre, para despertar con vos.
domingo, 2 de junio de 2013
Paremos el carro a la par del bicentenario, me voy a recostar en tus piernas y vos hablá por teléfono. Vamos a oír que pasan los que corren pero no les vamos a hacer caso. Las flores están en el suelo. Los del CAM pasan a la par y tocan la ventana. No pasa nada, señor agente, ella está hablando por teléfono y yo estoy acostado en sus piernas. Ya es muy tarde para erecciones y no hay lugar adonde resolverlas, así que solo oímos música y nos quedamos aquí unos cuarenta y cinco minutos. Casi va a ser hora de irte a dejar pero prefiero estar aquí, en las piernas, con la radio encendida, tu conversación con tu amiga: sí, es guapo, sí, me gusta, sí, tiene 22 años y ya maneja, tiene pick-up, tiene brazos grandes y tostados por el sol, sí, es moreno como yo y sí, ya estuvimos juntos, me llevó a un hotel bien chivo, con hache y no con eme y después nos fuimos a comer unos tacos y se sonrío cuando le dije que todavía me temblaban las piernas y que todavía sentía que estaba acostada y lo que escuchaba era el sonido de la otra habitación y que la próxima vez solo dejemos el carro parqueado a la par del bicentenario y yo voy a contarle esto a una amiga y vos vas a cantar una canción de la radio y vamos a escuchar a los corredores y los del CAM van a pasar y no pasa nada, señor agente, solo estamos hablando por teléfono él solo está en mis piernas y cuarenta y cinco minutos y casi es hora de irme y prefiero estar aquí hablando y a la par del parque con la gente, con los carros, con callados.
sábado, 1 de junio de 2013
dormía tan profundo que no sintió el temblor y no sintió cuando se levantó al baño. No sintió el olor de la cerveza ni la noche. Soñó de sus sobrinos, de la grama y el vómito. Soñó de un movimiento pero no de la tierra: sino el de las letras en la pantalla.
Cuando despertó ya no estaba, pero había dejado unos centavos en el suelo.
Los recogió y se los metió a la bolsa, pero luego pensó: propina para la señora de la limpieza.
La puerta de la habitación se abrió y entró ella, pastosa, añeja, olor a jabón.
-Señor, si quiere vuelvo más tarde.
Le dijo que no, que entrara; que a él le gustaba ver mientras limpiaban.
Ella se inclinó, mostró el calzón, él encendió la tele para ver las noticias.
Cuando despertó ya no estaba, pero había dejado unos centavos en el suelo.
Los recogió y se los metió a la bolsa, pero luego pensó: propina para la señora de la limpieza.
La puerta de la habitación se abrió y entró ella, pastosa, añeja, olor a jabón.
-Señor, si quiere vuelvo más tarde.
Le dijo que no, que entrara; que a él le gustaba ver mientras limpiaban.
Ella se inclinó, mostró el calzón, él encendió la tele para ver las noticias.
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